De
calles, etarras y asesinos
Bost
“Nunca pondría en mi pueblo una calle
con el nombre de un etarra”. La frase corresponde a la máxima
autoridad de nuestro país en la revista española “Tiempo”.
Su pueblo, que es también el mío, efectivamente no
dispone de ninguna calle con el nombre de algún activista
de la organización ETA.
Su avenida principal, que atraviesa el eje central
del valle alavés, es nombrada como Zumalakarregi Etorbidea.
Recuerda al militar ormaiztiarra carlista, Tomás de Zumalakarregi
e Imaz Mugika Altolagirre. Existen otras, menos conocidas, que glorifican
a personajes ilustres del pueblo, como el bardo Ruperto Urkijo Maruri,
ó el filántropo José Matía Calvo.
Curioso que tengamos en el pueblo no una calle sino
su más importante arteria dedicada a un héroe en el
prisma de unos, y que para otros fue un cruel asesino. Lo que hoy
llamarían, esos mismos enemigos de Euzkadi, fanático,
racista y excluyente.
Los detractores, que arguyen la teoría de quitar placas de
calles a determinadas personas, podrán enfatizar que quien
fue nombrado en 1833 jefe de las tropas de las diputaciones forales
de Bizkaia y Gipuzkoa demostró con los fusilamientos de Heredia
su más abyecta villanía. Si paseas por la avenida
laudiarra puedes recordar, sin temor a equivocarte y tranquilamente,
que quien allí está nombrado pasó por las armas
nada menos que a 118 liberales del Cuerpo de Celadores de Alava.
Quienes se habían rendido el 16 de marzo de 1834 en Gamarra,
tras una incursión carlista desde tierras navarras, bajo
la promesa de que se respetarían sus vidas. En la hoy capital
administrativa vasca, Vitoria-Gasteiz, el Comandante alavés
Bruno Villarreal - que también tiene calle en la capital
gasteiztarra - trató de oponerse a la orden de Zumalakarregi,
sin éxito alguno.
El diario del general Uranga, así lo refleja: “Día
17. Permanecimos en Heredia donde se fusilaron a 18 peseteros”.
Así que tenemos, en el pueblo, una calle dedicada a quien
protagonizó “un acto de inhumana crueldad, la horrible
satisfacción de una venganza a la que no se entrega quien
quiere aparecer como un héroe, como un genio. Desoyó
la razón para oír las pasiones y arrojó sobre
su frente una mancha de sangre que empañaba el brillo de
su gloria y que sobre todo, nada hacía necesaria”.
Podemos ir aún más lejos y convenir
o no con John Francis Bacon, que por aquellos días residía
en Bilbao, en que era un “terrorista” puesto que “opinó
le era necesario preservar a los suyos difundiendo el terror en
sus contrarios; pues es incuestionable que en las guerras civiles
y revoluciones, alcanzan mayor respeto y atenciones aquellos que
se deciden por medidas sanguinarias”.
Atenciones no le faltaron en el pueblo del Lehendakari,
como vemos. La principal y más larga calle es para su recuerdo.
Mientras se sucedían los cambios de nombres de calles con
la llegada de la llamada democracia, y unos años antes de
que nuestra máxima autoridad recalase en el Partido, aquél
luchó con ahínco por dar el nombre de la vía
que enlaza dos barrios del pueblo, llamados Larrazabal y Landaluze,
a uno de sus más insignes hijos: El Comandante Juan Ibarrola
Orueta. El hombre “más importante de toda la guerra”,
según palabras de José Antonio de Agirre y Lekube.
Fue en vano. Las fuerzas vivas recalcitrantes aún campaban
por sus respetos en el primer valle arabarra, y los intentos quedaron
en eso. Claro que para saber quien fue Don Juan Ibarrola muchos
abertzales de nueva generación, llegados al paraguas del
que se iba a convertir pronto en todopoderoso Partido, lo tendrían
que haber buscado en los libros de historia.
Hubo quienes tuvimos la suerte de aprenderlo
en casa y vimos, con honda amargura, como se mantenían calles
de represores incluso con el beneplácito táctico de
quienes, hoy, son adalides del abertzalismo más purista.
Alberto Asurmendi Arina y Jokin Artajo Garro, militantes
de EGI, fallecieron en Ultzama el 6 de abril de 1969, al explotar
el artefacto que manipulaban. A diferencia de Zumalakarregi no mataron
a nadie, sino que murieron ellos. José Etxeberria Sagastume
“Beltza” y Jose Luis Pagazaurtundua Isusi “Jon”
fallecieron de idéntica forma el 28 de noviembre de 1973
en el Marítimo del Abra.
Uno de aquellos bien pudo tener una calle dedicada
en el pueblo donde pasó su juventud. Guardo su imagen viva
en mi recuerdo infantil, de las múltiples visitas que hizo
a nuestra casa. Las últimas de ellas el mismo verano del
año que murió como un mártir le Causa Vasca.
Con hondas raíces familiares en el vecino valle bizkaino
de Orozko confluye, en él, la circunstancia de que tampoco
mató a nadie, ni ordenó hacerlo. Todos ellos dieron
su vida por Euzkadi sin pedir nada a cambio. En las anales aparecerán
con el despreciativo título, pronunciado en español,
de “etarras”. Una difusa línea de separación,
la de terroristas y luchadores por la libertad contra Franco, que
con aseveraciones como las de mi respetado Lehendakari se contribuye
a acortar allende el Ebro. El calendario que me entregó José
Luis con sus propias manos en 1972 lleva, detrás, un sello
en el que reza: EGI Euzko Gaztedi-Resistencia Vasca. El día
que me reúna con el Lehendakari, que espero sea pronto, se
lo mostraré, pues aún lo conservo.
Otra diminuta plazuela del pueblo en la ribera oeste
del Nervión lleva el nombre de Plaza de los Gudaris de 1936.
El acto individual de otro prócer hijo adoptado de Laudio,
el orduñés Jesús de Ibargutxi Urraza, combatiente
que fue de la Tercera Compañía Eleitz-Alde del 14
Batallón Araba, lo hizo posible. Las mismas manos que colocaron
la placa, sin permiso ni beneplácito de ninguna autoridad
competente, fueron las que, a los dieciocho años de edad
y bandera blanca en mano, acudieron a negociar la rendición
de los milicianos parapetados en el Cuartel del Reformatorio de
Amurrio.
Allí estaban sublevados los del Batallón cenetista
“Bakunin”, amotinados contra el Gobierno Vasco. Y otros
muchos de otras formaciones, entre ellos Ricardo, el aitite de mi
querido amigo el Lehendakari de Euzkadi quien, con las armas en
la mano, defendió la Libertad contra las hordas del fascio
redentor. Creo que todos ellos tendrían hoy, cuando menos,
dudas razonables sobre qué es correcto, y qué no lo
es, al recordar, en una placa que da nombre a una calle, a determinadas
personas.
Al igual que el de José Luis, conservo vivo el recuerdo de
Ricardo en su casa cuando juntos - bicicleta al hombro en los últimos
repechos de las campas de acceso al caserío, junto a la estación
de Lezama - le visitábamos nuestro Lehendakari, su primo
y quien suscribe. Su cara reflejaba el sufrimiento de los duros
años del aún recién finiquitado franquismo.
Estoy seguro que no se hubiera opuesto a nombrar con una calle a
quien, al margen de su ideología o militancia activa, entregó
su vida para que hoy yo pueda estar escribiendo esto mismo en libertad.
Y para que nuestras hijas, Lehendakari amigo y lectores, puedan
también vivir en libertad.
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