Jaulas
de oro
Verónica Portell
A mis hijos les cuento que a su edad yo no veía
en el televisor dibujos animados ni series a color. También
que por las tardes me entretenía sin móviles de última
generación, consolas ni ordenador; que gracias al aceite
tropical y la crema de zanahoria asumía con naturalidad la
cara de tomate y noche en vela por la espalda dolorida del primer
día de playa.
Con extrañeza me miran cuando les digo que
en mis veranos el avión era un transporte exótico,
casi de ciencia ficción; que en un coche cabía una
familia entera fuera grande o pequeña y que, por supuesto,
el cinturón de seguridad era un elemento decorativo diseñado
únicamente para copiloto y conductor. También que
a los cursillos de julio y agosto tan sólo acudían
quienes debían recuperar asignaturas pendientes; que las
meriendas consistían en bocadillos de chorizo y agua fresca
de grifo; que uno iba al colegio solo desde muy temprana edad, podía
subirse a barandillas, asomarse a precipicios y sentarse en muros
con los pies colgando sin la mirada constante y vigilante de un
adulto; que nada sabíamos de vendas cicatrizantes ni antitetánicas
porque el cura, curita, sana, la tirita y mecromina eran remedio
más que suficiente para aliviar.
Pasadas tres décadas serán mis hijos
quienes reciban idénticas miradas compasivas a las que yo
dedicaba a mi madre cuando me hablaba de Mariquita Pérez,
sus tardes acompañada de una enorme radio y un libro cien
veces prestado. Con añoranza explicarán ellos a mis
nietos que su tiempo transcurría entre Internet, Nintendos
y Play Station. Les hablarán de veranos con alto índice
de protector solar en playas y campamentos. Lo harán mientras
sus descendientes dudan entre viajar a Venus en cohete o combinar
Plutón con Saturno y Marte en platillo panorámico.
Pero con toda probabilidad la historia se repetirá
y el tiempo se vengará de nosotros cuando en alto pronunciemos
la frase que en la infancia hacían suya nuestros padres.
Aquélla que con nostalgia pintaba un pasado que supuestamente
fue mejor.
Cada cual es partícipe de su generación
y consecuencia, por tanto, de la misma. Lo cierto es que nuestros
hijos viven en exceso protegidos. Habitan jaulas de oro con techos
de cristal.
Sin embargo, es pura lógica, inercia del
sistema y variable inversamente proporcional: a mayor seguridad,
menor cuota de libertad colectiva e individual. Es el alto precio
que debemos pagar las sociedades modernas y desarrolladas como tasa
y peaje hacia el progreso. Esa que, al final, paradójicamente,
nos vuelve tan semejantes a unas con otras, tan interdependientes,
compactas y homogéneas. Algo así como jaulas de oro
estandarizadas.
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