Tres
hombres fueron a pescar
Patxi Igandekoa
Una hermosa mañana de verano deciden irse
de pesca Zapatero, Rajoy y el Lehendakari Ibarretxe. Llegados que
son a la orilla del lago se disponen a probar suerte. Rajoy saca
de la ranchera su caña, y tras haberla montado se acomoda
en una silla plegable y comienza a pescar, mientras sus compañeros
le observan con escepticismo a pesar de la seguridad en sí
mismo y la pericia de manual que exhibe el jefe de la Oposición.
“Por ahí no vamos bien, Mariano”,
amonesta Zapatero. “Esa caña es muy chica. Los peces
no van a venir hasta la orilla para rendirse complacientes a tus
pies. Necesitas otra más larga”. Rajoy se levanta de
la silla, desarma la caña, regresa al vehículo y saca
del compartimento trasero otra que traía de repuesto, mucho
más grande y con un sedal más largo.
“Cambia también de cebo, anda”,
insiste el Presidente del Gobierno. “No vas a conseguir nada
con insectos de aluminio y esos ridículos trapitos amarillos
y rojos. Unas buenas lombrices es lo que necesitas”. Rajoy
se pone a la faena y al poco tiempo regresa de un huerto cercano
con un cuenco lleno de gordos y lustrosos gusanos. No le ha costado
hallarlos, debido a la abundancia de ellos que hay en la región
tras las tormentas de primavera. Pertrechado con este nuevo herramental
reanuda la pesca. Pese a sus diestros lanzamientos, cortésmente
elogiados por sus compadres, lo único que consigue sacar
del agua es una bolsa de plástico y un desgalichado siluro.
Llégale el turno al Lehendakari. Quítase
la ropa quedando en traje de baño, y tras avanzar hasta la
orilla provisto de aletas, gafas de buceo, respirador y un pequeño
arpón, se zambulle en el agua y comienza a nadar por todo
el lago, sumergiéndose aquí y allá. Pasa el
tiempo y aunque en más de una ocasión ha estado a
punto de capturar algo grande y escurridizo que se movía
por el fondo, al final no le va mejor que a Rajoy. Exhausto y decepcionado,
regresa al campamento a tiempo de ver cómo Zapatero se dispone
a tomar el relevo.
“Sois unos inútiles. Os voy a enseñar
cómo se hace.”, dice el Presidente del Gobierno, mientras
se apodera de la silla plegable de Rajoy y la coloca a la sombra
de un arbolito plantado junto al agua. Luego se sienta plácidamente
a leer un ejemplar del diario “Público”. Al poco
rato dos gigantescas carpas saltan del agua, desde un punto situado
a más de diez metros en el interior del lago, y después
de trazar en el aire espectacular trayectoria, van a caer a los
pies de Zapatero, ante el asombro de sus colegas. “¿Lo
habéis visto? No hay problema. Esta tarde os pienso invitar
a una buena parrillada.”
Mientras Ibarretxe y Rajoy admiran envidiosos las
capturas de su amigo, se acerca hasta el grupo José María
Aznar, quien casualmente paseaba por allí. El recién
llegado saluda y les dice socarronamente con su risita de conejo:
“¿Qué hay, muchachos? Je, je, ya veo que la
pesca no ha ido bien. Conozco este remanso, porque he pescado mucho
en él con otros Jefes de Gobierno. Sus aguas son procelosas
y rácanas. La única manera de sacar algo de ellas
es utilizando los sucios trucos del poder. A González le
gustaba pescar con cartuchos de dinamita. Nuestro actual Presidente,
mucho más teatral”, prosigue, señalando con
su bastón de excursionista las carpas de Zapatero, "prefiere
que el instructor de buceo de su señora le arroje los peces
desde el agua".
“Y tú, ¿cómo lo harías?”,
pregunta Rajoy, cruzándose de brazos, picado por la arrogancia
de su antiguo jefe.
Aznar hace una señal con la mano y del bosque
sale una cuadrilla de trabajadores con herramientas y maquinaria
pesada. Entonces construyen una gigantesca obra de canalización
para drenar el lago y al poco tiempo el fondo queda a la vista,
con todos los peces asfixiándose y dando saltos en el fango.
El buzo furtivo -que Ibarretxe había confundido con su huidiza
y soberanista criatura abisal- sale del lago a trompicones por la
orilla opuesta y tras abandonar su equipo monta en un todoterreno
de la Guardia Civil que había oculto entre los matorrales
y huye a toda velocidad levantando polvaredas.
Aznar, sentado en la misma silla de campaña
que antes habían ocupado Zapatero y Rajoy, presencia el espectáculo
sin inmutarse.
“José Mari.”, exclama Ibarretxe,
“Has atrapado muchos peces. ¿A qué esperas para
bajar a recogerlos del fondo?”
“¿Ir yo por ellos?", responde
Aznar con soberbia, "¡De eso nada! ¡Estaríamos
buenos...! ¡Antes me lo tienen que suplicar!”.
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