Fórmula
1, prostitutas, masoquismo y un apestoso tufo nazi
Joseba Garai
El presidente de la FIA, el británico Max
Mosley, nunca hubiera imaginado ni en sus peores pesadillas que
un día este titular pudiera abrir cinco páginas del
dominical ‘News of the World’ con una tirada de 5 millones
de ejemplares: ‘Formula One motor racing chief is today exposed
as a secret sado-masochist sex pervert’ (‘El jefe de
la Formula Uno desvelado como un secreto perverso sexual sadomasoquista.’).
Fue una encerrona del dominical sensacionalista
- aunque Mosley habla de conspiración policial y de los servicios
secretos (¿también judeomasónica?) –
cuyo resultado ha sido un vídeo de las cinco horas de sesión
en las que cinco prostitutas vestidas con uniformes nazis y con
los pijamas a rayas de los prisioneros de los campos de concentración,
aplican un severo, correctivo y concienzudo programa de masoquismo
al gran jefe de la F1, hasta que corrió la sangre.
Lo que más ha sorprendido en el Reino Unido,
un país por otro lado acostumbrado a las mazmorras punitivas
donde descargan sus instintos y fantasías ‘masocas’
políticos y financieros, tampoco ha sido precisamente la
connotación nazi, teniendo en cuenta que Mosley es el hijo
de Oswald Mosley, el líder fascista que se codeó con
Adolf Hitler y fundador de los ‘Camisas Negras’ británico.
El vídeo no tiene desperdicio. En él
se puede ver al hombre más poderoso de la F1 y amigo personal
de su dueño, Bernie Ecclestone, gritando órdenes al
tiempo que azota el trasero de dos de las prostitutas vestidas con
los pijamas de rayas de los detenidos en los deleznables campos
de concentración, donde seis millones de judíos fueron
sistemáticamente eliminados y mientras es observado por otras
prostitutas vestidas con uniformes nazis.
En la larga sesión se suceden escenas de
humillación y lesbianismo, que Mosley observa según
el periódico “como un niño el escaparate de
una tienda de chucherías”, habla en alemán,
da un nombre falso, Tim Barnes, y una edad falsa, 42 años,
y finaliza teniendo sexo con una de sus ‘víctimas’
humilladas.
Tras todo este contubernio ‘nazimasocafórmulauno’
los integrantes de la chanza compadrean tomando él una taza
de té y las mujeres vino. Les paga, unos 3.000 euros, y Barnes
o Herr Mosley, abandona los subterráneos de la mansión
londinense de Chelsea, muy cerca de donde vive con su esposa Jean
con la que se casó en 1960 en una casa valorada en unos 5
millones de euros, para regresar al mundo donde es el respetable
Jefe de la F1, eso sí, con el culo escocido. A su espalda
queda un mundo de sombras, su mundo interior.
EL PERSONAJE
No se trataba solo de los tímidos paseos
de un hombre poderoso por los arrabales del sexo más retorcido,
sino del rezumante tufo a nazismo que mamó desde que naciera.
Su padre Oswald fue considerado en su tiempo, los años treinta,
como el Hitler británico. Fue fundador de los Camisas Negras
y del British Union of Fascists, bestia negra de judíos y
comunistas en el Londres de aquella época. El viejo Mosley
fue el instigador de una marcha por el East End londinense popular
en aquel tiempo, 1936, entre los judíos, que finalizó
en una batalla campal conocida como ‘la Batalla de Cable Street’.
Admiraba tanto a Hitler que cuando se casó con otra fascista,
Diana Mitford, a la boda que se celebró en la casa de Joseph
Goebbels en Berlín, asistió el propio Fhürer.
Max – conocido en el mundo del motor como ‘Mad Max’
por sus arrebatos de furia y enojo -, nació en 1940, se educó
en Francia y Alemania (esencial para aprender el idioma y utilizarlo
como adulto en sus sesiones masoquistas) y en Oxford, donde se licenció
en derecho por el Chris Church College. Siendo joven se involucró
con su padre en la política, en concreto en la Unión
Fascista y llegó a presentarse como parlamentario. En 1962
se enzarzó en una pelea callejera para defender a su padre
por lo que compareció ante un juez. En los años ochenta
flirteó con el Partido Tory de Margaret Thatcher pero ésta
anduvo lista y no le permitió ser candidato (a diferencia
de otras cosillas sucedidas en España) a Westminster alegando
sus reminiscencias fascistas (Thatcher los prefería como
ella, más sibilinos). Es que Mosley siempre ha sido un tipo
duro. Una vez dijo que "mi padre fue una persona maravillosa,
pero nunca hubiera podido ser un buen dictador, aunque hablaba y
parecía duro, era demasiado blando". Pero este gigante
de 1,90 metros de altura parece que sólo es un tipo duro
con los traseros de sus meretrices.
Un día de 1961 durante un mitin de la Unión Fascista
conoció a Jean, con la que se casó y tuvo dos hijos.
Ella fue quien le introdujo en el mundo de la Fórmula Uno.
Nuestro héroe vio que en este mundo podría prosperar
porque si en política su apellido lo emparentaba con Hitler,
en los circuitos su nombre sonaba a campeón, Alf Mosley,
el gran piloto británico de ese tiempo.
En 1993 fue elegido presidente de la Federation Internationale de
l'Automobile (FIA), y en 2005 Chevalier de la Légion d'Honneur
francesa. El dinero nunca ha sido un problema para Mosley. Con la
fortuna que heredó de sus padres, logró doblarla vendiendo
acciones en 1977 de la compañía que fundó,
March Engineering.
¿El futuro de Mosley? Los grupos de judíos del Reino
Unido han pedido su dimisión como jefe de la F1 y el propio
sir Stirling Moss ha dicho que su puesto como presidente de la FIA
es insostenible. Su amigo y dueño de la F1, Ecclestone, se
ha limitado de momento a quitar peso a lo que su empleado haga en
su vida privada, pero como precaución le ha prohibido que
asista al próximo Gran Premio de Bahrein, dicen que por orden
de la Familia Real de Bahrein. Tampoco se le vio por Barcelona.
Mosley por su parte ha iniciado acciones legales contra el dominical,
y se defendió de que hablara en alemán (BMW y Mercedes
escuchaban con atención) porque dos de las prostitutas eran
alemanas. ‘Mad Max’ ha enviado una carta a todos los
miembros de la FIA explicando que ha sido víctima de un "deliberado
y calculado ataque personal por la policía y los servicios
de seguridad".
Mosley se halla en estos momentos en ‘boxes’ y pocos
creen que será capaz de retomar la carrera de su vida. Pero
siempre le quedará jugar a disfrazar los fantasmas de su
pasado con tops nazis de cuero o con los pijamas rayados y andrajosos
de millones de víctimas de una maldad con la que es capaz
de excitarse.
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