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Cómo conseguir que el duende jatorra regrese a la botella
Patxi Igandekoa

Con los años el cuerpo humano experimenta un efecto de contracción que parece planificado aposta por la naturaleza para ir preparando psicológicamente su ingreso en esa etapa de la vida en que se convierte en mono, después de haber sido buey, caballo, león, águila y sabe Dios qué otras fieras de ibérico tronío. A punto de terminar la Semana Grande de Bilbao 2008 resulta inevitable la comparación con años anteriores. También aquí destaca la presencia abrumadora del downsizing en todos los ámbitos.

Muy atras quedaron aquellos tiempos en que la algara de las comparsas, el ruido de fondo de la multitud, el olor a coca-cola mezclada con cazalla, los suelos mugrientos y la procesión desordenada de muertos vivientes al amanecer se extendían por todos los distritos de la villa. Llega a su fin la época en la que para cruzar la Plaza Circular en dirección a la Gran Vía era necesario bajar a la estación del metro, picar billete en la canceladora y salir a la superficie por Berástegui, donde al sufrido bilbaíno le aguardaba la caótica barahúnda de todo un acantonamiento de chiringos multitudinarios y totalmente politizados (en sus mejores tiempos la txozna del PNV llegó a cubrir toda la superficie de los Jardines de Albia). Se acabó el milenio sin fronteras de fiesta interminable, cordones policiales, adoquines volantes, culatazos y guerra de banderas.

Es posible que la crisis económica influya, y que los bilbaínos estén gastando menos dinero y menos energía presencial con vistas a un invierno que se adivina difícil. Pero en 1993, con una coyuntura aun más tétrica que la presente, la fiesta no decayó. Al contrario: todo el mundo fue a los rituales de Dionisos como si aquella Semana Grande fuese a ser la última. La circunspección de la fiesta en estos últimos días, por consiguiente, debe ser resultado de unas tendencias amortiguadoras que llevan incubándose durante años. Sin ir más lejos, dos datos: se han desvanecido las choznas de la Plaza Circular; negros y chinos venden a un euro los pañuelos de la Aste Nagusia. Más allá del pregón de la txupinera y las evaluaciones -siempre políticamente correctas- del periódico municipal Bilbao, es el mercado quien revela la verdad. Y esta es una verdad decadente.

Cuando Marijaia llegó por vez primera a Bilbao en olor de multitudes, ya hacía tiempo que había alcanzado la edad legal de jubilación. Asi que a día de hoy ni te cuento. Pero además del declive cultural, inevitable en todas las épocas de la historia, la política del consistorio también ha influido en esta pérdida de dinamismo del mayor fenómeno de masas de la historia de la villa (uno de los 400 eventos más importantes del mundo, según la edil Isabel Sánchez Robles, que bien podía haberse reservado su audacia para colocarnos en un ranking menos banal).

El orden comenzó a triunfar sobre el caos hace algunos años, con la prohibición del Biergarten Txarriduna en la Plaza del Ensanche y la supresión de las txoznas de los partidos políticos. Después se impuso un toque de queda a los rockeros y las orquestinas de jazz, dejaron de montarse los tarimones para conciertos en la Plaza Miguel de Unamuno y se impuso un severo régimen de control a los pies negros. Estas acciones culminaron hace un par de años cuando los agentes de la Policía Municipal, en una redada memorable, confiscaron más de cuarenta perros sin documentación ni vacunas en regla. Los resultados de esta política se hacen notar beneficiosamente en la actualidad. La gente se lo ha tomado bien. De mejor o peor gana coopera sin oponer resistencia, y al paso que vamos no será necesario restablecer las antiguas leyes de vagos de la era franquista.

Siguiendo por el mismo camino, todo ese txoznerío tan infame de la margen derecha también ha visto restringido su "Lebensraum" para quedar confinado en una estrecha zona del Arenal y la antigua estación de San Julián. El pronóstico para los próximos años es evidente: cada vez menos territorio y menos tipis, como en una reserva india, hasta que llegue un momento en que los últimos vástagos de la indisciplinada estirpe de Txomin Barullo, que se ahogó gloriosamente dentro de su armadura en las inundaciones del 83, sean ya tan pocos que para meterlos en vereda baste una patrulla de la ertzaintza.

¿Hemos de valorar todo esto en términos positivos? Yo creo que sí. Echemos un vistazo al resto de Europa. En las ciudades de Alemania y los Países Bajos la fiesta consiste por lo general en unos cuantos tenderetes alumbrados con farolillos que crean una atmósfera delicada y acogedora, a través de la cual desfilan parejas llevando de la mano a niños con las caritas salpicadas de purpurina, extasiados y diciendo casi entre susurros: "¡Qué bonito!¡y qué bien toca la kapelle!" Esto, amigos, es el progreso, y lo nuestro, la Semana Grande, con su descontrol, su mal gusto, su demagogia, su conflictividad ideológica, su falta de transparencia fiscal, su interminable séquito de garrulos, sus suelos malolientes y pringados de un mejunje indefinible de ácido hedor dulzón, una gabarrería impresentable, una aberración populista y una cutrez como la copa de un pino.

La triste verdad es que una fiesta como la nuestra, en las condiciones actuales, resulta indigna de una ciudad civilizada y moderna. El empeño de suprimir sus aspectos más bárbaros constituye un acierto por parte de la autoridad municipal, a quien hemos de estar agradecidos y ayudar en la medida de lo posible al logro de los objetivos propuestos. Al final no han de quedar más que las barracas, los conciertos de la Pérgola y Abandoibarra, el concurso de bilbainadas, las carpas de las marisquerías y el tablao flamenco del Hotel Indautxu, que es, junto con el desfile de la Feria de Abril, donde la oposición al gobierno municipal acostumbra a sublimar sus ansias insatisfechas de constitucionalismo.

¡Y ocho días tampoco es plan, oiga! ¿Para qué este sobredimensionamiento? ¿Qué pensarán los turistas? Nada, que un fin de semana largo, quizá de jueves a lunes, y a correr. Para divertirnos sanamente no necesitamos más, y aquellos que más protesten al principio serán después quienes más lo agradezcan. Un poeta francés escribió que la cultura es un fenómeno que fluctúa entre la necesidad y el aburrimiento. Y el genio liberado hace tres décadas en el Salón Arabe del Ayuntamiento por Marino Montero y sus irresponsables aprendices de brujo, ese duende bullanguero y jatorra, con persistente y bilbaíno tesón, ya nos tiene aburridos hasta más allá de todos los límites de la saciedad y del buen gusto.

 
 
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