A
veinte duros la aceituna, a cien pesetas, a sesenta céntimos
de euro, en el Ercilla de Bilbao
José Félix Azurmendi en Vasco
made in Caracas
Llevábamos unos años haciendo bromas con las angulas,
diciendo que pronto se venderían por docenas y cotizarían
en bolsa, tal es el astronómico precio que esos bichitos
han alcanzado por nuestra culpa, por culpa de nuestras aficiones
culinarias convertidas en obsesión. A la angula le salió
un sucedáneo, que tampoco es barato, pero que satisface a
quien le va sobre todo el rito, y el ajo tratado en aceite de oliva.
Habrán adivinado en mi poco respetuosa manera de contarlo,
que yo no soy de angulas, que no lo era ni cuando se compraban a
buen precio en Hendaia. No soy de angulas, como Pablo Aurrekoetxea
no es de pollo, que no lo comía, dice, ni cuando era caro.
Cuando mis hijos eran pequeños se cansaron
de que les animara vanamente a consumir aceitunas, un manjar que
reúne todas las características para ser apetecible:
color, sabor, textura, variedad, presencia. Por supuesto, aceituna
de/con hueso. Les decía que se acordarían de lo que
les decía cuando la aceituna fuera, además, cara.
Por lo visto ese momento ya ha llegado, al menos para el Hotel Ercilla
de Bilbao, que el día grande de las fiestas de Bilbao nos
cobró tres euros por una ración de cinco ejemplares.
Para ser totalmente justo, nos cobraron seis euros por once aceitunas:
el camarero, el barman o como haya que llamarle se dio cuenta de
que éramos once a consumir y tuvo el detalle de regalarnos
una.
Las aceitunas eran enormes, llenaban el platillo
y la boca, incluso después de haberle arrebatado a la individua
la carne pegada al enorme hueso. Tampoco cobrando los vinos y las
cañas se quedaron cortos los del Ercilla, un hotel tan estimable
por otra parte. Veníamos haciendo la ruta de los matrimonios
maduros y clásicos en tarde noche del día grande de
las fiestas patronales de Bilbao. Veníamos del Hotel Carlton:
aquí nos cobraron bien, es decir, nos cobraron mucho. Eso
creíamos al menos hasta que pagamos por la misma consumición
un 30% más en el atestado bar interior del Hotel Ercilla.
Todo sea dicho, en la entrada a este hotel nos regalaron un abanico
por barba, que nos prevenía del calor del que pasaríamos
a disfrutar en cuanto pasáramos el hall.
El precio de la aceituna, a veinte duros la unidad
–a los veteranos nos dice mucho esta manera de contarlo- se
convirtió en el gran tema de conversación. De ahí
pasó cada uno pasó a poner encima de la mesa otros
ejemplos de cómo Euskadi debe ser en estos momentos el país
más caro del mundo. Hablaban algunos de su reciente estancia
en Alemania, hablaban otros de su paso por Atenas o Londres, incluso
París, para certificar que, en efecto, esto es lo más
caro. Aporté yo otro ejemplo: un taxi de Getxo al aeropuerto
de Bilbao (Loiu), veinte kilómetros, cuesta 30 euros (40
dólares), es decir, cuesta lo mismo que un taxi desde el
JFK de Nueva York al centro de Manhattan, que deben ser como cien
kilómetros.
Seguramente, la culpa es de todos nosotros, que
salimos de fiesta y cerramos los ojos al timo y la mamadera de gallo
(tomadura de pelo). Seguramente nos lo tenemos merecido, porque
tampoco a nosotros nos apeteció (provocó) esa noche
del día grande de las fiestas de Bilbao organizar un escándalo
o una chufla pidiendo a voz en grito otra ración de aceitunas
a veinte duros la unidad. Al fin y al cabo, estábamos de
chufla y predispuestos a que nada nos amargara la noche, a que no
se nos atragantara la aceituna. No fue el único desmán
de la noche. A mí, el año que viene no me pescan,
ni en el Ercilla ni en esa terraza de Astarloa en la que nos sirvieron
–es un decir, porque tuvimos que acercarnos nosotros a la
barra, tras llevar nosotros mismos los vasos de los clientes anteriores-
gin tonics con olor a ginebra y nos metieron un desconsiderado palo.
¡Que la fiesta siga, que siempre quedarán tontos como
nosotros!
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