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Más allá del gálibo identitario
Patxi Igandekoa

El filósofo y matemático libanés Nassim Taleb abjura del nacionalismo porque según él, cualquier individuo es capaz de levantar una patria con una bandera, unos cuantos discursos y un himno nacional. Pese a lo sumario de su veredicto no le falta un punto de razón, que incumbe al defecto más típico de los nacionalismos: su falta de substancia. Fijémonos, por ejemplo, en el caso catalán. ¿Hay detrás de "Els Segadors", la senyera y las arengas de Companys, algo que sirva como fundamento de una voluntad colectiva en pro de la construcción nacional?

Protagonistas de la historia milenaria de Catalunya han sido los reyes de Aragón, los almogávares, los empresarios textiles barceloneses del siglo XIX y Antoni Gaudí, pero es mucho suponer que, de haber tenido ocasión, cualquiera de ellos hubiera votado a CiU o a Esquerra Republicana. Y en cuanto al idioma, bien, se trata de un elemento tangible, pero no definitorio. También lo hablan personajes tan decantadamente españolistas como Aleix Vidal-Quadras y José Montilla, y hace tiempo que se dejó de creer en definiciones lingüísticas de la nacionalidad.

Más aun, la simbología contemporánea del nacionalismo catalán resulta claramente disfuncional para los fines políticos que persigue. "El Segadors" podrá ser una canción medieval muy hermosa, testimonio histórico desesperado de un millar de campesinos que cansados de la insidia de sus amos decidieron rebelarse contra ellos, rebanando de paso unas cuantas golas castellanas. Sin embargo, en el supuesto de que Catalunya llegara a ser un estado libre en el mundo globalizado, olímpico y políticamente correcto del siglo XXI, ¿alguien se imagina a sus atletas en posición de firmes sobre el podio mientras la banda toca una canción cuya letra hace apología de una visceral violencia de clase perpetrada con arcaicos aperos de labranza?

Examinada con frialdad, la galería icónica del nacionalismo catalán -un blasón medieval trazado por los dedos ensangrentados de un rey, fornidos combatientes empuñando fusiles en pasquines de inspiración soviética, el perfil envarado e intenso de Francesc Macià, con greñas tribunicias y un corte de traje impecable, dice menos de una realidad nacional persistente en la historia que de los sentimientos de inferioridad y el mal gusto pequeñoburgués de toda esa legión de funcionarios, tenderos y modestos empleados que tradicionalmente nutrieron las huestes del nacionalismo catalán.

El caso vasco es distinto. Muchos piensan que Sabino Arana creó la ideología nacionalista mientras comía con sus amigos en un caserío, sacándose de la manga unos neologismos y cambiando los colores a la bandera inglesa. En realidad dedicó largos años a madurar los elementos de su doctrina. Indagó en la historia, pasó revista a las principales corrientes de pensamiento de su época, leyó y escribió sin descanso, familiarizándose con la cultura local y el folklore. Sin ser euskoparlante de nacimiento, estudió la lengua vasca con tal dedicación que terminó por convertirse en uno de sus más reputados eruditos de todos los tiempos.

Arana era consciente de que con la simple voluntad de ser nación y las revelaciones proféticas de su hermano Luis no bastaba. Más allá del gálibo identitario compuesto por la bandera, los artículos de periódico y los coros de mendigoizales, debía haber algo substancial cimentado en la historia y la estructura social. La piedra angular de su pensamiento político, elaborada minuciosamente por él y por sus primeros acólitos, es el entronque del nacionalismo con la tradición foral, expresado en la reivindicación de derogar la ley abolitoria del 25 de octubre de 1839.

Durante más de setenta años este postulado actuó como una especie de ancla que mantuvo centrado el discurso nacionalista, proporcionándole consistencia y credibilidad pese a que la investigación histórica no parecía avalar la noción de los fueros como fuente de soberanía nacional. La pugna en torno a las leyes abolitorias terminó con la Transición. Los líderes nacionalistas de entonces temían que de continuar insistiendo en ella, la opinión pública terminara asociando al PNV con el carlismo. La Disposición Adicional Primera de la Constitución de 1978, al reconocer los derechos históricos del pueblo vasco de manera similar a como la ley de 1839 confirmaba los fueros, es decir, asumiendo su tutela dentro de un orden estatal superior, cegó definitivamente el cauce de pensamiento foralista que había inspirado desde sus orígenes al Nacionalismo Vasco.

El nacionalismo vasco -sobre todo a raíz de su profunda crisis y el cisma de EA en los años 80- necesitaba planteamientos teóricos nuevos, y no tardó en hallarlos al otro lado del Muro de Berlín. El hundimiento de la URSS y la aparición en Europa de nuevos estados no solo reavivaron las ambiciones independentistas, sino que durante algunos años resurge como tema de debate el principio de autodeterminación de los pueblos, que se remonta a los 14 puntos del presidente Wilson, y que había sido empleado por última vez en la Conferencia de Potsdam de 1945, con benévolas intenciones, nula eficacia y un colosal despliegue de hipocresía política por parte de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial.

Este renacer de la autodeterminación de los pueblos, que se anunciaba como primavera pero quedó en un veranillo de San Martín, inspiró la actuación de los partidos abertzales en el fallido proceso de Lizarra. Desde entonces el nacionalismo vasco no se ha dejado guiar por ningún otro concepto jurídico de cierta categoría. Para la consulta del Lehendakari se habla del "derecho a decidir" como fórmula para articular una actuación política de masas. Pero esto, más que un programa político parece un modelo de Milton, es decir, un recurso retórico como los se utilizan en hipnoterapia y venta de coches, de connotaciones positivas y lo suficientemente impreciso como para que ningún interlocutor razonable ose oponerse a él.

Con un planteamiento tan banal es de prever que las pretensiones soberanistas del Lehendakari, loables o criticables según gustos, pero en cualquier caso legítimas en democracia, tengan una autonomía de vuelo más bien corta. Recientemente, con una voluntad de liderazgo que pretende ir más allá de las elecciones del 2009, el PNV se ha embarcado en un ambicioso proyecto de futuro -Think Gaur Euskadi 2020-. El objetivo consiste en crear una sociedad del bienestar moderna, autosostenible e integrada de modo satisfactorio en eso que llaman globalización.

El proyecto dispone de una ingeniería excelente, pero no pocos nacionalistas admiten sentirse perplejos. No ven los principios más allá de los métodos. No se les ha contado bien la historia del nuevo viaje hacia la tierra prometida. Saben que se está construyendo una gran pirámide, pero no cómo se llama el faraón, ni si va a haber esta vez túmulos para todos.

El nacionalismo se halla en otra de sus encrucijadas históricas, caracterizada por la urgencia de elaborar una nueva noción fundamental de lo vasco. En un mundo interconectado, en el que todos los problemas de comunicación parecen resueltos, se da la paradoja de que si uno carece de identidad, es como si no estuviera. La identidad resulta necesaria no ya para existir, sino -lo que es más importante- para funcionar en red. Esto es válido no solo para nacionalistas vascos, sino también para estados, administraciones locales, ayuntamientos, empresas e incluso trabajadores autónomos.

Redescubrir la identidad vasca no debería ser para los dirigentes del nacionalismo vasco menos importante que el propio proceso de construcción nacional. Y tampoco empresa fácil, ya que además de duro trabajo, requiere audacia, inspiración, carisma y capacidad para interesar incluso a personas ajenas al ámbito jeltzale. Cualidades de las que lamentablemente, en los tiempos que corren, no parecen andar tan bien provistos como de pericia administrativa y técnica.

 
 
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