El
perfil vasquista de Patxi López
Patxi Igandekoa
Se puede leer en los medios una noticia que provoca
reacciones de hilaridad, pero que bien pensado tiene su miga: los
socialistas vascos apuestan por una reorientación vasquista
de cara a las autonómicas. El PSE, antes de los comicios
del 2009, aspira a reposicionarse en el sector de la educación,
la literatura y la música en euskera, con el objetivo de
establecer una nueva referencia en materia de normalización
lingüística, libre de las etiquetas que le endosa el
nacionalismo y crítico frente a la politización que,
según él, han hecho las fuerzas abertzales del uso
del euskera. Sin imposiciones y desde planteamientos pluralistas,
el PSE pretende acabar con la imagen de que este idioma es un monopolio
de los nacionalistas. Para ello, tiene planeado comenzar el próximo
mes una campaña en favor de la 'nueva cultura vasca’,
conjuntamente conla redacción de un manifiesto en el que
López espera recoger firmas significativas del ámbito
euskaldun.
El giro pretende ser cultural más que político,
y de entrada llaman la atención algunas particularidades:
parecería que el empleo del término "vasquista"
nos esté transportando a épocas anteriores a la creación
de nuestro léxico político contemporáneo. "Vasquistas"
eran, en la época salvaje y heróica del tardofranquismo,
todos aquellos que asumían lo vasco como gesto de afirmación
contra un régimen caduco: había entre ellos no solo
nacionalistas vascos, sino también comunistas, socialistas,
ácratas, intelectuales y hasta simples borrokas en busca
de pretextos para armar una buena fiestorra el viernes por la tarde
(por cierto, obsérvese que el término "borroka"
también ha cambiado mucho desde aquel tiempo).
El vasquismo era una fuerza primigenia, y aunque
hace tiempo que dejó de existir, desprestigiada por la violencia
estólida de unos y domesticada por el celo administrativo
de otros, ha dejado un importante armazón de condicionamientos
reflejos en la sociedad vasca. En una manera u otra, todos continúan
siendo "vasquistas". De otro modo no se entiende que incluso
un partido como el PP, español hasta la canilla y heredero
directo de la CEDA de Gil Robles, haya interiorizado iconos como
la ikurriña y la palabra "Euskadi", ambos creados,
como todo el mundo sabe, por Sabino Arana.
Dime con quién andas y te diré quién
eres. En política el refrán reza en versión
ligeramente modificada: según quién te acompaña,
asi de lejos llegarás. Unos van de la mano con terroristas
y no aciertan a salir de los angostos corredores de la ilegalidad,
los rellanos de la Audiencia Nacional o el patio de Martutene. Otros
se rodean de asesores intoxicados de talento que les pintan proyecciones
globales y fronteras à la kennedy, y logran mantenerse firmes
contra la tempestad, acosados por Madrid y queridos por el pueblo,
pero de ahí no pasan. Otros, finalmente, contratan expertos
en publicidad y hábiles propagandistas, capaces de tapar
con su palabrería hasta los socavones del AVE y de convencer
a ocupas y jovencitos de extrema izquierda para que vote a sabiendas
a alguien que está dispuesto a hacer reformas sobre el papel
y una política beneficiosa para los ricos.
Sí, amigos, cuando en filas abertzales se
hayan extinguido las risitas de congoja provocadas por la candidez
de líderes de diseño como el Sr. López (en
lo sucesivo López tar Patxi, supongo), hora será de
darse cuenta de que los socialistas son excelentes vendedores de
humo, y que esta maniobra de acercamiento a la cultura vasquista
puede tener éxito. El marketing político no es simple
palabrería, sino un proceso empresarial que tiene su coste.
El PSE no habría asumido este coste si no creyera posible
obtener una buena rentabilidad electoral.
Efectivamente, existe un substrato de cultura vasquista
que no se identifica con posturas ideológicas e institucionales.
Para comprobarlo basta darse una vuelta por casa de los vecinos
con cualquier pretexto: posters del Athletic, calendarios de la
Amatxo de Begoña, figuritas de levantadores de piedra en
el vestíbulo (regaladas por DEIA), litografías con
dantzaris y neskas, calendarios de la BBK con el Arbol de Gernika
o imágenes aereas de la Sierra de Urkiola en invierno, retratos
de José Antonio Aguirrre, etc. Y lo más sorprendente
es que tales elementos parecen en perfecta y hogareña armonía
con otros tales como diplomas de jefe de máquinas ornados
con el escudo del yugo y las flechas, el testamento político
de Franco, la foto del abuelo requeté, la COPE tronando en
la cocina a toda potencia y en el revistero ejemplares atrasados
de El Correo Español.
Equivocadamente se piensa que la cultura popular
está ya definitivamente al servicio de una administración
que se gasta millones en tutelarla y darle forma. Nada más
lejos de la realidad. La cultura popular, en nuestro caso vasquista,
posee vida propia, no le gusta que la gestionen, es rabiosamente
reaccionaria, y podría caer en brazos, si le viene en gana,
de cualquiera que sea tan vil como para ponerse a cortejarla con
fines políticos. La cultura popular se halla estrechamente
relacionada con la cuestión identitaria, y en una democracia
también con las fuentes del poder. A nadie debería
extrañar que el Partido Socialista de Euskadi haya apostado
por el vasquismo, sobre todo en vísperas de una nueva campaña
electoral. Es una apuesta chabacana, pero con posibilidades de salir.
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