Actualidad
del Estado
Luis María Martínez
Garate
No intento que estas reflexiones sean un análisis
del Estado como entidad jurídico-política. Tampoco
pretendo dar una visión histórica de su evolución
desde los imperios antiguos, como China o Roma, o los reinos medievales,
hasta su formulación actual en la Unión Europea, y
en nuestro mundo en general, pasando principalmente por el modelo
surgido de la paz de Westfalia (1648), que marcó su estructura
hasta hace muy pocos años.
Propongo únicamente mostrar hechos que ocurren
a diario y que cuestionan permanentemente las afirmaciones tan comunes
de que “los estados están en vías de superación”,
si no ya claramente superados. O que dicen que reivindicar un Estado
propio hoy en día para Navarra, Escocia o Cataluña
es un anacronismo. Ya estamos en Europa, nos cuentan, y ahí
ya está todo solucionado. Todos somos europeos, y punto.
Pienso que todas esas afirmaciones responden únicamente al
interés de quienes las expresan por ocultar los problemas
reales, vendiendo realmente una mercancía averiada.
Voy a contar anécdotas personales, ocurridas
directamente a quien suscribe o a personas de su círculo
más próximo. La última, muy reciente. Hace
pocos días buscaba un libro del que dispongo la referencia
y, a través del dios Google, lo descubro editado en el Estado
francés y con disponibilidad a través de una cadena
de gran alcance, como es FNAC. Acudo a su “delegación”
más próxima para mí, en Donostia, donde me
reconocen tanto su existencia como su disponibilidad en “Francia”,
pero me dicen que no pueden hacer nada por mí, que tengo
que pasar esa frontera, que algunos describen como irrelevante u
obsoleta, y acceder al FNAC de Baiona a comprarlo. Todo es Europa,
ya no hay fronteras, nos enseñan.
Contrato una línea ADSL para acceder a Internet
a través de banda ancha y el paquete ofrece gratis todas
las llamadas de telefonía fija que la empresa correspondiente
llama “nacionales”. Es decir, llamadas dentro del Estado
español. Eso sí, si quiero llamar a Garazi, dentro
de ese país, el nuestro, que ya no tiene mugas, todo es Europa
según nos dicen algunos, tengo que pagar como llamada “internacional”.
Sigamos dentro del campo de la telefonía
y vayamos a un campo más avanzado tecnológicamente,
el de los móviles. Hay muchas compañías y,
aparentemente, con competencia libre y tarifas con ofertas apetecibles.
Pero, eso sí, siempre dentro de los límites territoriales
de ese Estado ya obsoleto y extinguido, según nos cuentan.
Si atravieso esa frontera inexistente, según algunos, me
aparecen compañías diferentes, las ofertas que tenía
contratadas ya no sirven, las tarifas, si he pasado de sur a norte,
para hablar con mis amigos de Iruñea se disparan y, para
colmo, si me llaman ellos y acepto la llamada, la parte correspondiente
a lo que ellos llaman tramo “internacional” me corresponde
pagar a mí. Las telecomunicaciones han roto desde hace mucho
tiempo las barreras nacionales, estamos en un mundo globalizado,
Europa es un espacio económico, social y político.
¿No suena a broma pesada?
Pero hay más. Estoy de excursión por
Donibane Lohitzun y vuelvo a Donostia, sintonizo en la radio del
coche un magnífico programa de jazz en una emisora obviamente
francesa. Atravieso esa línea fronteriza inexistente y, de
repente ¡plaf!, nada más avanzar doscientos metros,
en la misma frecuencia me encuentro escuchando una espantosa horterada
hispana o al mismísimo Jiménez Losantos. Vale, de
acuerdo, las fronteras son algo del pasado, muerto y sepultado.
Ante la imparable ascensión de la TDT y la
casi inmediata desaparición de la TV analógica, he
estrenado mi flamante televisión digital. Puedo sintonizar
una cantidad innumerable, y en la mayor parte de los casos inútil,
de canales españoles. Pero hoy es el día en que, vía
digital, no puedo sintonizar ningún canal francés.
La radio y la televisión en la época digital tampoco
tienen mugas, pero parece que existe algo, que nos insisten que
no tiene ya valor y que está superado, que me impide ver
las televisiones digitales francesas desde mi casa.
Como antes he comentado, tengo contratada una línea
ADSL para acceso a la red, pero el proveedor tiene su sede en “España”
y todos sus competidores son, curiosamente, también españoles.
No puedo acceder, en un sistema teóricamente de libertad
de mercado y sin fronteras, a un contrato para acceder a Internet
a otros proveedores también europeos, por lo menos teóricamente.
Con el consiguiente castigo para mi bolsillo.
Podría continuar con muchos otros aspectos,
mucho más relevantes, de la realidad cotidiana y, por lo
mismo, más fácilmente perceptibles. Se puede comenzar
por los idiomas oficiales, que son los preferentemente utilizados
en casi todos los ámbitos de la vida cotidiana y en los medios
de comunicación, en la educación, a nivel superior
sobre todo, y seguir por los imaginarios y referencias colectivas
que, cuando se traspasa esa “delgada línea” inexistente
o a punto de desaparecer, pero obsoleta siempre según algunos,
provocan un cambio de tal calibre que parece imposible de explicar
si todo eso que nos cuentan fuera cierto.
Ulises hizo tapar los oídos de sus marineros
ante el subyugante canto de las sirenas y él mismo se hizo
amarrar al mástil de su barco para no sucumbir. Supongo que
los cantos de las susodichas serían de verdad lo suficientemente
seductores como para que una persona capaz de abandonar a la atractiva
Circe en su refugio tuviera que recurrir a tamaños ardides
para resistir a sus fatales encantos.
Como conclusión me gustaría hacer
una recomendación al lector, un consejo algo paternalista:
no os dejéis engañar. Las mentiras que ofrecen los
estados que nos dominan son mucho más simples. Aunque no
seamos tan fuertes como Ulises, sus cantos tampoco son tan irresistibles
como los de las sirenas y se desmontan con un pequeño repaso
a la realidad a primera vista. Es imprescindible reflexionar un
poco y ser crítico. Y, sobre todo, tenemos que recuperar
nuestra propia centralidad, la de nuestro país, nuestra nación,
que es Vasconia, Navarra, Euskal Herria, como prefiráis,
y que nuestras referencias económicas, sociales, políticas,
históricas, deportivas o de cualquier otro tipo, partan de
ella en primer lugar. Pienso que hay dejar, lo antes posible, a
un lado las centralidades hispanas o francesas que son para nosotros,
cuando menos extranjeras, si no, en tantas ocasiones, sencillamente
adversas. |