Dos
jornadas, escenarios y modos de homenaje a un Bergamín inolvidable
José Felix Azurmendi en
Vasco made in Caracas
Decía el otro día Pepe Esteban
en el acto de recordatorio, explicación y homenaje que amigos
de José Bergamín le hicimos en los Cursos de Verano
de la Universidad del País Vasco que el poeta, lejos de estar
olvidado, como a veces se ha dicho, es más recordado que
cualquiera de los de su generación, incluyendo algún
Nobel. Y me parece que tiene razón, que es la explicación
también de que este fin de semana nos juntáramos tantos
y tan devotos seguidores suyos, congregados por la admiración
hacia su vida y obra.
Por empezar por la foto que acompaña este
post, ahí están el mismo Pepe Esteban, que a fuerza
de frecuentarlo terminó pareciéndosele; ahí
está Xabier Sánchez Erauskin, cuya mayor dedicación
de jubilado imposible viene siendo la memoria y el legado del maestro;
ahí están Roselyne Chenu y Florence Delay, llegadas
desde su París habitual para participar en estos actos, convocadas,
25 años después, por el recuerdo y el afecto al poeta.
En la foto, para completar el panel de intervinientes en la sesión
académica falta Alfonso Sastre, que nos regaló luego
una inhabitual y emocionante autocrítica al explicarnos que,
en 1963 y por presiones que se parecían mucho al chantaje
de López Aranguren, dejaron solo a Bergamín: optaron,
también él, por la razón política enfrentada
a la ética.
A Bergamín le preparamos conferencias y exposición
en el bergamesco palacio de Miramar en el que estudió -en
el que le formaron, suelen decir- el actual rey de los españoles,
lo que le hubiera provocado sin duda unas cuantas asaetadas coplillas
y un buen discurso planfetario, que es el género que el escenario
merecía. A Bergamín le hicimos luego un homenaje de
huesos presentes en el cementerio de Hondarribia, en un día
esplendoroso, caluroso, luminoso, entre amigas y amigos. Pepe Esteban
insistía después en el almuerzo del literario Gran
Sol que algo así era inimaginable por cualquier otro de los
de su generación. Y Florence, que fue un día bressoniana
Juana de Arco, nos reconvenía recordándonos con razón
que el poeta había vivido de frontera en frontera y que era
de todos, que no había que apropiárselo.
Gracias a Roselyne me he puesto en contacto con
el arquitecto uruguayo, residente en Buenos Aires, Eduardo Ellis,
otro enganchado a Bergamín de por vida, desde que coincidió
con él en su viaje de novios, en barco, que es la manera
más poética de alejarse y regresar de los lugares.
Eduardo es el depositario de las meditaciones de aquel recién
excomulgado católico, confeso compañero de ruta de
comunistas, hasta el final de la vida pero no más. Eduardo
es uno más de los cómplices de este hombre extraordinario
que fue José Bergamín, con fama exagerada de escritor
difícil, víctima frecuente de su extraordinaria inteligencia
y de su sinceridad a prueba de amenazas y halagos.
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