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El marrón batiburrillo de Bost
Mikel Arizaleta

Nos cuenta Bost que la Cofradía laudiarra del Señor Sant Roque data de 1599. ¡Y por lo que cuenta y el viztazo que nos lanza de la misma en verdad que se nota! Narra que en la actualidad la conforman más de 420 cofrades y cofradesas y que las primeras cinco féminas fueron admitidas oficialmente en el 2001, si bien en la Mesa de Hermandad -para degustar el menú tradicional cada último domingo de agosto en el pórtico de la iglesia de san Pedro de Lamuza- “sólo nos sentamos hombres, no mujeres”.

Y, por lo visto, hay polémica porque un ciudadano ha presentado queja ante el Ararteko. Nos alecciona Bost diciendo que lo que “se pretende es liarla, cizañear, como en Hondarribi con el Alarde”. Y que “las propias mujeres de nuestro Pueblo, cónyuges, hijas, amamak, entienden perfectamente que las normas internas de las que nos hemos dotado sigan así por los siglos venieros, aunque habrá excepciones como en toda regla”. ¿Está seguro?

Y en su escrito panfletario y confuso parece apuntar al origen de la queja o acusación: “Es ese sector, H.B y sus sopas de letras, quin se ha manifestado desde siempre beligerante, y hasta vejatorio, contra nuestra Institución”. ¡Qué menos!

No conocía semejante Cofradía, comiendo en el pórtio de la iglesia el último domingo de agosto. Pero le verdad es que todo casa en esta especie de bodrio.

Y resulta patético si, líneas abajo, leemos en Izaronews el relato de Celina Ribechini sobre la mujer todavía a finales de los sesenta e inicios de los setenta en nuestra tierra, cuando dice, citando a Telo, que: “Sin licencia la mujer no podía trabajar, ni cobrar su salario, ni ejercer el comercio, ni ocupar cargos, ni abrir cuentas corrientes en bancos, ni sacar pasaportes, ni el carné de conducir, etc. Si contraía matrimonio con extranjero perdía la nacionalidad y era considerada extranjera –aunque no saliese en su vida de España- entonces se le extendía carta de residente y perdían eficacia sus estudios, no podía ser funcionaria y necesitaba permiso para trabajar. Sin la licencia no podía aceptar o repudiar herencias, aunque fuesen de sus padres, ni pedir su participación, ni ser albacea, ni defenderse ante los tribunales (salvo en juicio criminal) ni defender sus bienes propios, ni vender ni hipotecar estos bienes, ni disponer de los gananciales más que para hacer la compra diaria, aunque los gananciales procediesen de su sueldo o salario. Por el contrario el marido podía disponer libremente de los gananciales (salvo inmuebles o establecimientos mercantiles) y ella no tenía más derecho que a recibir la mitad de lo que quedase al fallecer él. Estaba obligada a seguir al marido dondequiera que él fijase su residencia”.

A lo más, por lo que cuenta Bost, la única función que le puede quedar a la Cofradía de Sant Roque en nuestros días es la de ser una pieza de museo retirada.

 
 
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