Un
fantasma en la estación de Abando
Patxi Igandekoa
Siempre que paso por la estación de Abando
me quedo admirado por la ñoñez de las gentes y su
falta de cultura histórica. Ahora que tanto se habla de reconciliación,
de evitar la pérdida del recuerdo, de dignidad y otros temas
patéticos por el estilo a los que se les supone un interés
público prioritario, la triste realidad es que el pasado
sigue siendo visto no como objeto de sano y científico interés,
sino como cantera de estereotipos reutilizables con fines propagandísticos.
Inspirados por los artículos de César Vidal y Pío
Moa, los ciudadanos de derechas han creado una visión revisionista
y nostálgica del franquismo que tiene el mérito de
hacerles la vida más soportable en el largo paso por el desierto
que suponen las dos legislaturas de Zapatero. Los de izquierdas,
por su parte, siguen manteniendo en alto consignas estridentes,
rancias banderas y un pretérito idealizado de pasquín
de propaganda soviética.
No se discute el derecho del Ministerio de Fomento
a poner rótulos sobre un inmueble de su propiedad. Puede
hacerlo aun contra el buen gusto y la costumbre. En España
casi todas las estaciones de ferrocarril llevan el nombre de los
distritos donde se encuentran ubicadas. Pero por alguna razón
enigmática, en Bilbao el Estado quiso levantar encima de
sus andenes un letrero en el que se puede ver el nombre de un destacado
líder del socialismo bilbaíno. La justificación
oficial es que Indalecio Prieto fue Ministro de Hacienda y de Obras
Públicas durante la Segunda República, y que en tales
funciones realizó cometidos importantes, como construir algunos
túneles y firmar la entrega de la Casa de Campo al Ayuntamiento
de Madrid.
Hasta aquí ninguna objeción, pero
cuando uno trata con socialistas españoles ha de saber que
detrás de su marrullería y la retórica idealista
que emplean, a nada que se rasque casi siempre asoma el portón
de un patio de Monipodio, protegido por santos y señas, poblado
por pícaros, frailes de chichinabo, alcahuetes, soplones,
falsos hidalgos y alguaciles pasados al otro lado de la ley a los
que, a nada que te descuides, pronto sorprenderás acariciándote
amorosamente la faltriquera. Aun cuando Prieto hubiera tenido que
ver con las infraestructuras viarias, su persona no cuadra con el
tipo de político burgués, metódico, aburrido
y respetable al cual se le suele dedicar depósitos francos
o estaciones de ferrocarril.
Nacido en Asturias de humildes orígenes,
como reza un aséptico cronista de la Wikipedia, muy pronto
se vino a vivir a Bilbao, donde trabajó como periodista en
la Voz de Vizcaya y el Liberal, del cual llegó a ser propietario.
En realidad Indalecio Prieto, más que por su aportación
ideológica, destacó por su capacidad como agitador,
que lo lleva a tomar parte activa en la lucha entre las principales
facciones dentro del socialismo vasco de aquel tiempo. También
desempeñó un papel clave en los preparativos de la
huelga general de 1917 y la revolución de Asturias de 1934,
siempre, paradójicamente, al servicio de una estrategia política
moderada y opuesta al marxismo revolucionario.
Pero no importa: lo cortés no quita lo valiente.
Tras el fracaso del levantamiento izquierdista estuvo en busca y
captura durante más de un año y se exilió en
Bélgica y Holanda, donde pudo vivir, según las malas
lenguas, con cargo al botín obtenido en el asalto a unas
oficinas de pagadores durante la revolución de Asturias.
El triunfo del Frente Popular le permitió regresar a España,
donde una vez más, con posterioridad al Alzamiento Nacional
del 18 de julio de 1936, habría de ejercer cargos de gran
empaque como Ministro de Marina y Aviación bajo el gobierno
de Largo Caballero y de Defensa en el de Negrín. Tras la
Guerra Civil se exilió a Méjico, país en el
que residió hasta su fallecimiento en el año 1962.
Que Indalecio Prieto iba con pistola al Congreso
de los Diputados pertenece al reino de la anécdota. Con ella
amenazó en más de una ocasión a diputados derechistas
-y también de la izquierda- que no sabían guardar
las distancias. Más grave resulta el ser sospechoso de haber
organizado el asesinato de Calvo Sotelo, y con ello el desencadenamiento
de la guerra civil española, a la vista de un indicio tan
difícil de pasar por alto como el haber sido dos de sus hombres
de confianza quienes secuestraron y dispararon al político
de la CEDA más influyente después de José María
Gil Robles, a quien en realidad habían ido a detener.
Una vez en el exilio tomó parte en larga
y enconada pugna con Juan Negrín, último Presidente
de la República, esta vez no por motivos políticos,
sino por el control de los fondos y objetos artísticos robados
en la zona leal y transportados hasta Méjico a bordo del
Vita, el antiguo yate de Alfonso XIII. A mediados de los años
cuarenta, cuando parecía que la dictadura de Franco estaba
sentenciada tras la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra
Mundial, Prieto abogó por un acercamiento a la solución
monárquica en torno al pretendiente Don Juan de Borbón,
con la intención de utilizarlo para conseguir el regreso
de la República a España.
Como se puede apreciar, Don Indalecio, más
que un burócrata de fomento, era un hombre de acción,
con una idiosincrasia compleja y un horizonte de ambiciones políticas
que habría encajado mejor en la California de la fiebre del
oro que en la España decadente y caciquil del primer tercio
del siglo pasado. Que era un socialista de pura cepa se echa de
ver en una total falta de escrúpulos y en el talento para
disfrazar bajo un manto de respetabilidad burguesa su destreza para
los negocios sucios. Enhorabuena su fantasma, provisto de gabardina,
sombrero y puro, ha llegado a la estación de Abando, y desde
ahí, confundido entre las siluetas de aldeanos y obreros
de la gran vidriera, contempla melancólico la entrada y salida
de trenes, al igual que hiciese durante los últimos años
de su vida cuando iba al aeropuerto de Mexico D.F. a ver los aviones
procedentes de España.
La decisión del Ministerio de Fomento es
inapelable. Esas dependencias pertenecen al estado, y si el gobierno
español, en sintonía con los socialistas vascos, ha
decidido que es hora de emprender una ofensiva cultural en el distrito
Abando, para contrarrestar tanto su voto tradicional al PP como
el hecho de haber sido lugar de nacimiento de Sabino Arana, aquí
no hay nada que hacer, salvo ser tolerantes con los espectros, independientemente
de su ideología política.
Para hacernos una idea de lo grotesca que resulta
este abuso partidista de nombres y este lavado de historiales políticos
quasi-delictivos en favor de las conveniencias actuales, imaginemos
que el Partido Popular gobernara en Madrid y que a un exaltado cernícalo
neoconservador -tipo Lassalle o Suárez Illana- se le ocurriese
la idea de ponerle el nombre de Estación de Abando Alejandro
Goicoechea. No tendría menos derecho un espíritu como
este, errante entre las ruinas del mítico Cinturón
de Hierro, pues aunque Goicoechea era un traidor, al menos tenía
que ver algo con los trenes.
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