El
hipnotizador
Patxi Igandekoa
Samuel, uno de los asiduos al baserri de Juan de
Etxano, ha venido a la ciudad a solucionar algún asunto de
abogados. Quedamos a tomar el aperitivo en el restaurante alemán
del Ensanche y me cuenta sus últimas andanzas. Resulta que
el otro día él y su sobrino Garikoitz, que trabaja
como conserje en LAB, fueron a ver la función del hipnotizador
húngaro Zapater, que acaba de llegar a Bilbao.
“De magiar nada”, dice Samuel. “Como
a todos los prestidigitadores, también le ha dado por hacer
desaparecer su lugar de origen. Parece que es oriundo de León
o Valladolid, o yo qué sé. Bueno, el caso es que tras
una serie de números triviales pidió un voluntario,
y va el botarate de mi sobrino y se ofrece, según me dijo
antes de levantarse para demostrar que él era inmune a la
hipnosis. Una vez en el escenario el sinvergüenza del mago
desactiva el micrófono y le dice: ‘Amigo, no sé
lo que pasa pero esta noche no doy pie con bola. Los trucos no me
salen. Creo que he perdido mis poderes, asi que te propongo un trato:
si cooperas en esta farsa y haces todo lo que yo te diga, luego
te doy cincuenta euros’.”
“¿Y tu sobrino aceptó?”
“¿Qué otra cosa podía
haber hecho? No por el dinero, sino porque la salida del mago le
pilló descolocado. Garikoitz es buen chico, pero algo tolai.
Le gusta agradar a la gente y es muy sensible a la vergüenza
ajena. El miedo escénico se encargó de todo lo demás,
y hete aquí que para solaz del respetable mi sobrino hizo
todas las gilipolleces que el gran Zapater le mandó. Al terminar
el mago, poniendo la mano delante de sus ojos, le dijo, esta vez
con el micrófono encendido para que todo el mundo le oyera:
‘Ahora usted saldrá de su profundo sueño hipnótico,
y entonces dirá que yo le debo cincuenta euros. Protestará,
insistirá, se mostrará tan firme en su exigencia como
si creyera que es del todo cierto, e incluso llegará a ponerse
violento conmigo’.”
“Supongo que tu sobrino no le haría
esta vez el juego.”
“Claro que no, pero tampoco sirvió
de nada, porque el mago, viéndole regresar a su butaca dócil
como un corderito, aunque conteniendo un cabreo enorme, exclamó
entonces ante el auditorio: ‘Ya sabía yo que esta parte
de mi truco no iba a funcionar. Los vascos son una gente muy peculiar,
indómita, trabajadora, amante de sus libertades y de gran
fortaleza mental. Aunque resulta posible hacerlos caer en trance
y obligarles a hacer las cosas más extravagantes, luego son
inmunes a la sugestión post-hipnótica. Se ignora la
causa: tal vez se deba a que son el pueblo más antiguo de
Europa’. El público le ovacionó, y no veas la
crítica tan entusiasta que sale esta mañana en Deia.”
Después de reírnos a base de bien,
le digo a Samuel que el gran Zapater, haya nacido en Pancorbo o
a orillas del lago Balatón, se ganó bien su salario
aquella noche. “Estoy de acuerdo contigo”, admite, “además
el asunto le permite a uno entender el método de trabajo
de los grandes prestidigitadores. Zapater es un simpático
truhán que se gana la vida con su ingenio, aprovechándose
de la ingenuidad de un público en el que abundan los tontainas
como mi sobrino Garikoitz. El hombre continúa la tradición
de los antiguos juglares, practicando un arte ligado al carisma
y a las deficiencias de la percepción más que a la
habilidad con las manos o al artificio técnico. Todo el truco
se reduce a crear en la mente del espectador una imagen alterada
de la sucesión de acontecimientos...”
“Lo cual no deja de tener también su
mérito, Samuel”.
“Soy el primero en admitirlo”, prosigue,
“Sin embargo, cuanto más poderoso se es, menos falta
hace el ingenio, ya que uno dispone de todo un arsenal de medios
para lograr efectos a cual más vistoso. ¿Te acuerdas
de aquel cara llamado David Copperfield? Millones de espectadores
vieron cómo hizo desaparecer un jet particular ante las cámaras
de televisión. Muchas veces me preguntaba donde podía
estar el truco, hasta que el incidente con mi sobrino ha hecho que
me cayera del guindo: el muy sinvergüenza debió cambiar
la señal de video en directo por otra que estaba grabada
antes de colocar sobre la pista el avión. No había
espectadores en vivo ¡Y el notario estaba comprado!”
“Supongo que esa sería la parte más
fácil del truco”.
“David Copperfield ofendió a los mallorquines
diciendo que los haría desaparecer para quedarse a solas
en su isla con aquella modelo alemana... ¿Cómo se
llamaba? ¡Ah, sí, Claudia Schiffer! Sin duda lo habría
conseguido. Entretanto, los políticos han aprendido a su
manera el oficio de prestidigitador, adaptándolo a las necesidades
del poder y la razón de estado. Con los recursos inagotables
del erario público y la ayuda de los medios de comunicación,
para ellos debe ser un juego de niños hacer que se esfume
en el aire un avión como el de Spanair tras el accidente
en Barajas. Y cualquier otra cosa: armas de destrucción masiva
en Irak, las conjuras del 11-M, los escombros de la T-4, la consulta
del Lehendakari y hasta la crisis económica, con sus empresas
en quiebra y millones de parados... Solo existe una diferencia:
aquí el público no aplaude. Ni siquiera llega a enterarse
de lo que sucede en el escenario.”
En fín, ¿qué le vamos a hacer?
Samuel me propone ir aquella tarde al baserri. Juan de Etxano ha
conseguido unas botellas de Tokaji y quiere compartirlas con sus
compañeros de Think-Tank. “Y esas, a diferencia del
Gran Zapater, sí son húngaras de verdad! ¡Venga,
hombre, hablaremos de los últimos movimientos en política
y del minué que Eusko Alkartasuna y el PSE se traen con ese
espíritu benéfico de la Izquierda Abertzale que entre
todos están intentando conjurar”.
Por desgracia no me resulta posible tomar parte
en el contubernio. Tengo que hipnotizar a unos clientes para ayudarles
a recordar las facturas que les envié antes del verano.
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