Al
juez Garzón, desde Euskadi
Carmen Torres Ripa
Señor Garzón, ¿qué tal duerme? Con pijama
o sin él me da igual. Busco su intimidad de sueño
y mi pensamiento me dice que usted toma cada noche un envase entero
de valium para olvidar los horrores que ha causado durante el día.
Su despertar debe ser apoteósico. Un yoga exclusivo para
insaciables con deseo de notoriedad. Relajado, aspira, expira, su
cabeza gira al norte y al sur, al este y al oeste para buscar un
nuevo caso que le convierta en el arquero invencible.
Sus principios nada tienen que ver con los de Robin
Hood, sus flechas envenenadas no buscan socorrer a familias humildes
o salvar a virginales doncellas. Esas pequeñeces comunes
no entran en su código moral. Un código tergiversado
que busca, como primer objetivo, fastidiar. Y mire que fastidia
usted… Los seres humanos -sus congéneres, mal que le
pese- le traen sin cuidado. ¿Sufren? Pues que se aguanten.
Envuelto en la luz de los flases de los fotógrafos se cree
la nueva estrella nacional. Los dioses a su lado, apenas un reflejo
de su luminosidad.
Cuando era niña -usted también fue
niño- un juez era el paradigma de la equidad y el equilibrio.
Impartir Justicia -quizá, por el recuerdo del rey Salomón
y su sabiduría- casi rozaba la santidad. Ahora me cuestiono
con incertidumbre si los jueces son justos. La Justicia parece un
capricho personal, amparada por unas discutibles y opinables leyes
que defienden, según su audacia y pericia, seres humanos
sin dotes extraordinarias.
La Justicia cambia de signo según convenga
y a usted, señor Garzón, le conviene muchas veces
porque le apetece sacar las cosas de quicio. ¿Tiene usted
idea de lo que es estar secuestrado? ¿Muriendo cada día
de pena, de miedo, de frío, de hambre, de soledad, de desesperación…?
¿Se imagina que las ratas salten entre sus pies, que la humedad
se adhiera a su piel y los chinches a su pelo, que el calor le ahogue,
que la intimidad sea tan publica que carezca del privilegio de un
simple orinal y tenga que hacerlo…?
En estos días hemos vivido muchas historias
de secuestros y son tan deprimentes y degradantes que hasta los
mismos protagonistas piden a Dios que les borre de la cabeza ese
tiempo de pesadilla. Pero usted, señor Garzón, roza
la perversión cuando es capaz de pensar que un secuestrado
pague a su propio secuestrador. ¿Cómo es capaz de
interrogar a un señor de 81 años que ha sufrido un
secuestro y, además, no tratarle con el respeto de su edad,
su señorío interior y su demostrada categoría
humana?
No sé qué hemos hecho los habitantes
del norte de España para sufrir tanta ignominia. ¿Cómo
puede imputar como colaborador de banda armada a un ex viceconsejero
de Interior del Gobierno vasco e íntimo colaborador de Retolaza?
Usted está enfermo. Además, prestigiosos juristas
dicen que estas detenciones que se han practicado -ordenadas por
no se sabe quién- son ilegales. Hay tanta ilegalidad en la
vida… Y sin preguntarle por las famosas e interesadas filtraciones
a la prensa desde fuentes de la lucha antiterrorista. Unas fuentes
que, sin duda, ayudan mucho a la investigación.
Cuántas cosas han cambiado en poco tiempo…
Pero usted, que cree saberlo todo, posiblemente desconozca una historia
que le voy a contar. Hace más de treinta años, ETA
secuestró en Berriz al joven José Luis Arrasate. Después
de numerosas negociaciones -lo sé con certeza porque mi marido,
José María Portell, vivió en primera línea
el suceso- se llegó a fijar una cantidad de millones como
pago del rescate. El dinero, una vez reunido, había que pasarlo
a Francia, la aduana era un problema y tanto dinero en efectivo
podía resultar sospechoso.
Y ¿sabe usted, señor Garzón,
quién pasó ese dinero en una furgoneta? La policía.
La policía llevó el dinero. Fue la policía
quien dejó el importe de la libertad del secuestrado donde
los etarras dijeron. No vi que aquellos policías fuesen acusados
de colaboración con banda armada.
Recuerdo con emoción aquel día de
enero, cuando José Luis entró en su casa de Berriz,
sus padres lloraban, su familia entera le abrazaba y en aquel revuelo
emotivo, yo sostenía en mis brazos a mi hijo pequeño,
Jesús. Allí, en el jolgorio de bienvenida, aprendió
a andar. ¿Por qué cuento estas intimidades familiares?
Porque sé lo que sufrió aquella familia y heredé
el cariño que José Mari les tenía. Pero aquel
joven que entró desorientado a su propia casa después
de interminables días de secuestro, murió de un infarto.
La angustia del secuestro se había pegado a su piel para
siempre. Una mayoría de los secuestrados -me lo contó
un médico- mueren de infarto. A los que consiguen superar
esa crisis, usted señor Garzón, se encarga de arrancarles
de un plumazo cinco años de vida. Con 81 años declarar,
para Jesús Guibert, debió de ser precipitar los recuerdos
y… Dios, en su infinita bondad, sabrá cuidar su corazón
dolorido porque usted no lo hará nunca. Y, así vivimos.
Sostenidos en el aire por ese hilo que llaman Justicia y usted representa
con orgullo de gallo.
Quisiera que estas líneas fueran para todos
los que han sido interrogados con impotencia, para todos los que
tenemos que soportar la angustia de vivir amenazados por ETA y a
la vez tener que aguantar que nos llamen etarras. Nos estamos volviendo
locos, y el manicomio no cura, porque el manicomio es un Tribunal
Supremo sin sentimientos y aún no existe un hospital para
el corazón.
"Fue la policía quien dejó el
importe de la libertad del secuestrado donde los etarras dijeron"
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