Nuestro
impuesto revolucionario
Carmen Torres Ripa
Años después de Miguel Ángel Blanco seguimos
con remordimiento por su muerte. Los aniversarios tienen un sabor
amargo porque los recuerdos son secuencias de la historia que se
escriben al margen de nuestros deseos. Aquel verano -uno de los
menos soleados de Euskadi- un joven inocente, que aprendía
con ingenuidad a dar sus primeros pasos políticos, moría
asesinado. La espera fue larga, porque las horas pueden durar una
eternidad. Millones de personas, pegadas a la radio y la televisión,
esperábamos el desenlace con impotencia. ¿Qué
podíamos hacer cada uno de nosotros para salvarla? Apenas
nada. Rezar.
Ahora, cuando el tiempo serena la angustia, pienso
que si un ser sin nombre nos hubiera pedido ayuda para su liberación,
todos -creo que casi todos los ciudadanos de este país- hubiéramos
dado nuestra pequeña aportación. Un euro, dos, cien…
¿Cuántos millones pueden ser los granos de arena que
caben en un cubo de plástico con que juega un niño
en la playa? Juntos, hubiéramos pagado el impuesto revolucionario
que mantendría con vida a un casi chiquillo que pretendía
iniciar la vida. Y una vida es irrepetible. Sólo hay una
vida para cada uno. Ya sé, no es legal. ¡Cuántas
cosas no son legales y son necesarias! ¡Cuántas cosas
ocurren en un día que, dudosas para la Justicia, son valiosas
para la Humanidad! Quien esté libre de culpa que tire la
primera piedra. Lo dijo Jesús de Nazaret hace dos mil años.
Y seguimos siendo fariseos.
¿Quién puede decir que Ingrid Batancourt
ha salido libre de su rescate con guante blanco? Todos pagamos el
impuesto revolucionario de nuestra libertad; hasta una mujer que
ha hecho de su deliciosa revolución como mujer un principio.
La mirada no siempre va donde los ojos quieren. Los detalles de
la liberación nos emocionan. El pelo largo trenzado con sabiduría
aprendida, la ternura de madre amorosa, los rezos agradecidos ante
la Virgen de Lourdes. Nadie quiere saber más. Un nadie muy
amplio que abarca a las personas de buena voluntad. Hemos visto
a un Nicolas Sarkozy cercano abrazando a esa mujer feliz liberada
-no olviden que hubo veinte más- y atrapamos en el aire una
imagen preciosa. Carla Bruni, la primera dama de Francia, acariciando
la cara de Ingrid como si no acabara de creer que estaba allí
a su lado. Carla -¡que voz tan bonita tiene esta mujer!- que
se ha adaptado con naturalidad de diva al segundo puesto de esposa.
Sí, necesitamos paz. Paz en un mundo que
no nos necesita. Son los poderosos sin nombre -los que viven ajenos
a los sentimientos- los que deciden por nosotros; y al fin esos
extraños hacen que nos sintamos culpables por no ser necesarios.
¡En qué desvarío vivimos! Y, además,
como decía alguien experimentado, he aprendido la equivocación
de tomar pastillas para dormir cada noche. El ruido del entorno
nos ha quedado dentro y grita. Sin embargo, los delfines y cachalotes
no pueden tomar somníferos. Un estudio acústico submarino
señala que el puerto de Bilbao soporta el nivel sonoro más
alto del Cantábrico. La contaminación sonora altera
las rutas migratorias de las ballenas. Es una pena, el ruido es
otra de las nuevas amenazas para el medio ambiente. Ahora que nos
habíamos acostumbrado a ver de cerca delfines y ballenas
azules…se van. No aguantan el ruido.
Y el verano sigue. Jugando a repartir los buenos
días con cuentagotas. El bañador y el chubasquero
tienen que estar de la mano para no sorprendernos. Sombrilla y paraguas,
los dos objetos imprescindibles. Un proverbio chino dice que hay
un tiempo para ir de pesca y otro para echar las redes, pero, por
favor, no caiga en el tópico de hablar del tiempo.
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