El
revisionismo histórico: una inversión de futuro
Patxi Igandekoa
Las recientes polémicas en el contexto general
de la eterna lucha entre las dos Españas, y más concretamente
con motivo del fracaso pseudoregeneracionista del presidente Aznar,
la legislatura de la crispación y la respuesta contra las
reivindicaciones de la memoria histórica, obligan a plantear
algunas reflexiones sobre el revisionismo histórico, que
no es un fenómeno novedoso ni exclusivamente ibérico.
Si el historiador convencional es un arqueólogo
que trabaja con legajos en vez de con piedras y fragmentos de cerámica,
al revisionista lo podríamos asimilar a un forense de los
tribunales, incisivo y pertinaz. No va en pos del conocimiento,
sino de la verdad desnuda; lo que busca es el arma homicida, el
móvil vergonzoso e inconfesable, al burgués traidor
a su clase, a la propietaria del prostíbulo, el vicio bajo
la sotana, la trama oculta.
La autoasignada misión del revisionista no
consiste en trazar un mapa del pasado para insertarlo en las coordenadas
del pensamiento actual, cuidando de no ofender a quienes presuntamente
pagan a los historiadores por ocultar la verdad. Lo que intenta
es dar una respuesta explícita a preguntas políticamente
incorrectas, por ejemplo del tipo: ¿Es verdad que George
Washington se dedicaba a organizar banquetes con sus amigos terratenientes
mientras los soldados morían de hambre en el frente? ¿Tuvo
Hitler la culpa de la Segunda Guerra Mundial? ¿Era Franco
tan mediocre como sus críticos afirman?. Hasta aquí
nada que objetar: si la libertad de expresión tolera la pornografía,
¿por qué no va a permitir también el revisionismo
histórico?
Al principio el revisionista hace gracia. El público,
siempre suspicaz ante el poder y receptivo ante cualquier novedad
sensacionalista, le presta atención. Los editores le cortejan
y la prensa le dedica elogios y recensiones. A veces con cierta
razón: no estuvieron mal los primeros libros de David Irving,
sobre temas como el bombardeo aliado de Dresde, el programa nuclear
alemán, la guerra de Hitler y biografías de algunos
capitostes del nazismo. Pero entonces el autor se dio a la panfletería
ultra, negando el Holocausto, y perdió los papeles por completo.
Hoy se le prohíbe la entrada en numerosos países,
y en las facultades de Historia de toda Europa está vetado
citarlo.
Es precisamente ahí donde el revisionista
adquiere su verdadera identidad: en su declaración de guerra
contra el establishment académico -los "historiadores
funcionarios" al servicio del gobierno de turno- ; en su tránsito
a un estado de guerra total de las ideas, de polémica en
los medios, intercambio de injurias y hasta demandas judiciales.
La fiesta degenera en un espectáculo nada edificante en el
que participan propagandistas de épocas que creíamos
extinguidas, líderes de opinión, bloggers exaltados
y personajes de todo tipo.
Este es el ambiente que debería evitar un
investigador serio, pese a lo cual no pocos terminan dejándose
arrastrar al fragor de la polémica. El digno profesor y politólogo
Reig Tapia, catedrático de la Universidad Rovira i Virgili
de Tarragona, por ejemplo, ha publicado un librejo titulado "Anti-Moa"
que parece el acta de una tertulia de café. Incluso mi admirado
Paul Preston, en las páginas finales de su última
obra, "Franco, el gran manipulador", despotrica patéticamente
contra ciertos articulistas y locutores de radio -sin atreverse
a llamarlos por su nombre- que hacen peligrar los avances realizados
por la historiografía española durante los últimos
treinta años. Hacer propaganda contra el revisionismo, pese
a su buena intención, no resulta más noble que los
desquiciados alegatos de los Irving, los Chomsky y los César
Vidal de turno.
Y tampoco útil. Equivocadamente se piensa
que el revisonista no es más que un energúmeno hambriento
de popularidad y resentido por no formar parte de un claustro académico.
En realidad se trata de un guerrero que camina con paso firme y
pausado. Su estrategia no consiste en imponerse mediante la discusión,
pues sabe que eso no es posible. Keynes decía que las ideas
nuevas no reemplazan sin más a las antiguas. Primero van
muriendo uno tras otro los académicos que sostienen estas
últimas, y solo cuando una nueva generación substituye
a la anterior queda el terreno libre para los postulados innovadores,
que pasan a constituir otra doctrina establecida.
El revisionista no genera disensiones por disfrute.
Cuando Pío Moa publica artículos diciendo que la homosexualidad
es una enfermedad o cuando David Irving se viste con un uniforme
de las SS para dar una conferencia ante neonazis de Estados Unidos,
no es para llamar la atención. Lo que realmente persiguen
es que sus adversarios del mundo académico tomen parte en
la polémica y se desacrediten. Y hay que decir que en numerosos
casos lo consigue.
Los réditos de esta estrategia de futuro
no serán percibidos en nuestra generación, sino en
la siguiente por círculos interesados que hoy se dedican
a proteger y divulgar el pensamiento de los historiadores revisionistas:
lobbys, think-tanks, medios de comunicación y determinados
ámbitos sociológicos. Se trata, sin ir más
lejos, de una inversión de futuro, algo asi como cotizar
a un seguro de capital intelectual.
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