La
revolución de las expectativas menguantes
Patxi Igandekoa
Los políticos se diferencian de la naturaleza
en que a veces hacen cosas innecesarias. No es el caso del acto
multitudinario convocado por el Partido Nacionalista Vasco en el
BEC el pasado 14 de junio, para el cual existieron muchas y buenas
razones. No se trataba tan solo de una exaltación del Nacionalismo
en vísperas de elecciones autonómicas (tal vez anticipadas,
dependiendo del desenlace del pleno sobre la consulta), sino que
forma parte de una sofisticada estrategia dirigida facilitar el
tránsito desde un horizonte de reivindicación soberanista
a otro dominado por la gestión de problemas económicos
y sociales.
No pocos opinan, incluso en su propio partido, que
el Lehendakari ha estado actuando contra natura. Entusiasta recogedor
del testigo de la lucha por la independencia de Euskadi, jugó
con las atávicas fuerzas ideológicas del siglo XX
y trazó un rumbo de colisión con la escollera constitucional
del Estado, arrastrando a su partido en esta arriesgada aventura,
sin darse cuenta de que las preferencias de la sociedad habían
comenzado a cambiar. Al ciudadano la autodeterminación no
le importa tanto como el precio del gasóleo. Ahora Ibarretxe,
y más que él los sudorosos jelkides que le acompañan,
se hallarían en la misma situación que un adulto que
ha dado un juguete a un niño y no sabe cómo quitárselo
sin que llore.
Por fortuna existe un procedimiento muy simple para
recuperar el juguete, evitando al mismo tiempo la rabieta y el caos
emocional: pónganse a la vista del pequeño unos dulces
y él mismo los cogerá soltando el artefacto de la
discordia, que en el fondo no le interesaba gran cosa, y que si
mantiene aferrado es tan solo por pueril codicia y ganas de llevar
la contraria. Luego escondemos el juguete y ya nadie se acuerda
de él.
La iniciativa Think Gaur Euskadi 2020 ha hecho las
veces de bandeja de caramelos, gordos, apetitosos y llamativamente
envueltos en celofán. Desde su tribuna del BEC, el Presidente
del EBB, Iñigo Urkullu, anunció un paquete de proyectos
encaminados a lograr para el año 2020 una situación
en Euskadi que para sí quisieran no solo las decadentes comunidades
autónomas españolas, esclerotizadas por el baronismo
regional y la burocracia de unos partidos políticos que,
a diferencia del PNV, no saben adaptarse a las exigencias de esta
nueva era de hegemonía tecnocrática. La referencia
del líder jelkide la constituyen las naciones de la Europa
Nórdica, aquellas que en su tiempo inventaron el Estado del
Bienestar, el cual ahora va a ser objeto de un elaborado perfeccionamiento
en su versión vasca.
La propuesta del EBB incluye un contrato social
con elementos fundamentales de dirección de personal basado
en las personas, integración de inmigrantes y minorías
étnicas, desarrollo sostenible e innovación. Y para
que se vea que la cosa va más allá del marketing institucional,
el gobierno y las diputaciones anuncian un programa de inversiones
por importe de 12.800 millones de euros para contrarrestar los efectos
de la recesión durante el próximo quinquenio.
Fiel a su talante y a la máxima según
la cual las cosas se hacen o no se hacen, el PNV responde con grandes
remedios ante una situación de grandes males, en este caso
derivados del mediocre desempeño nacionalista en las elecciones
del 11-M. ¿Que era hora de un cambio de rumbo? Pues ya está
volteado el timón, los imbornales a flor de agua y toda la
dotación de la fragata encaramada a las jarcias (Egibar incluido).
Ahora unas cuantas hábiles bordadas contra los malos vientos
de crisis, y en breve la isla Consulta habrá desaparecido
tras la línea del horizonte. Entonces la nave pondrá
proa a Escandinavia sin que nada la estorbe.
¿Asi de simple? La promesa del bienestar
social es un arma de doble filo para el PNV. Su eficacia depende
de cuál haya de ser para Euskadi el saldo de la globalización.
En ella habrá vencedores y vencidos. Como buen presagio,
entre los ganadores se encontrarían países pequeños,
culturalmente integrados, poseedores de alguna ventaja competitiva
y capaces de explotar las externalidades favorables del entorno.
Singapur y Austria son paradigmáticos en este sentido, aunque
por buenas razones (déficit democrático asiático
y xenofobia alpina) Urkullu no se podía permitir ponerlos
como ejemplo.
La mala noticia es que la mayor parte de la sociedad
occidental está llamada a ser un perderdor relativo en el
proceso de mundialización de la economía. La competencia
de los países emergentes, el incremento en los precios de
la energía y la necesidad de conciliar crecimiento económico
y preservación del medio ambiente propiciarán nuevos
repartos de la riqueza. Más para China e India y menos para
Europa. El industrialismo ha topado con obstáculos demográficos,
medioambientales y de recursos limitados que no puede doblegar.
Esto supone que el ciudadano deberá hacerse a la idea de
que de aquí a una generación va a tener que conformarse
con un nivele de vida comparable al de los años 80 del siglo
pasado.
Tampoco hay motivo para quejarse, pues el bienestar
de aquellos tiempos ya era elevado, mucho mayor que el que llegarán
a disfrutar los pueblos de India y China una vez se hayan convertido
en auténticas potencias mundiales. Pero el porvenir dibujado
en el BEC no resulta verosímil, a no ser que se lo matice
ampliamente en el sentido de que crecimiento económico no
es lo mismo que bienestar. Por ahí deberíamos haber
empezado: predicando a la ciudadanía el significado de virtudes
como la eficiencia y la renuncia.
Los políticos que prometen islas de Jauja
a sus electores deberían reflexionar sobre la cuestión
de si en realidad el porvenir no pertenece a los pastoreadores de
expectativas menguantes, a los demagogos y los pillos, a los propagandistas
de ideas radicales o de un socialismo resentido y ramplón.
En resumen, no a los elegantes, madrugadores y bien preparados jelkides,
sino a los expertos en sacar partido de la frustración popular.
Cuando no se tiene nada que perder es hora de ir a por todas.
Durante el siglo XX el Nacionalismo Vasco triunfó
no por lo innovador de sus propuestas, sino por el liderazgo de
algunos dirigentes carismáticos, su solvencia política
y su capacidad para hacer creíbles unos proyectos concretos,
que a veces no tenían mucho que ver con la ideología
nacionalista, desde las viviendas sociales de Ramón de la
Sota hasta los parques tecnológicos de Euskadi. Sin embargo
en el siglo XXI, época que se barrunta ya de solemnes discursos
voluntaristas hechos por políticos que en realidad siguen
la táctica del avestruz y prefieren ir a remolque los acontecimientos,
el PNV podría experimentar un fracaso histórico colosal
por haber abandonado el liderazgo político en favor de las
certificaciones ISO, por dedicarse a gestionar problemas antes que
a resolverlos, y sobre todo por hacer promesas que no estaba en
su mano cumplir.
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