Festival
Internacional de Jazz de Getxo. Es sólo jazz, y por eso me
gusta
Joaquim Pisa
Corren tiempos en los que entre fusiones, deconstrucciones y demás
mixtificaciones, el jazz que se expide desde la mayoría de
festivales se ha convertido en un producto trivial y adocenado,
listo para consumos veraniegos rápidos y poco exigentes.
Por fortuna, quedan sitios donde esto no es así. En Getxo
se celebra desde hace tres décadas un festival que sin hacer
mucho ruido, al menos en comparación con sus hermanos mayores
vascos, ofrece niveles de calidad y respeto por la música
y el público francamente insólitos.
La fidelidad al jazz como universo musical con dimensión
propia no significa estancamiento, al contrario. El jazz es una
música viva y en permanente evolución, capaz de incorporar
elementos de modernidad y atraer nuevas generaciones de intérpretes.
Este año, sin ir más lejos por Getxo han pasado viejas
“vacas sagradas” como John McLaughlin y Archie Shepp,
pero también un ramillete de grupos jóvenes (jovencísimos,
en realidad) que aseguran un relevo generacional que otras músicas
harían bien en envidiar.
Así, por ejemplo, el primer premio del Concurso de Grupos
de este año lo ha ganado la formación sueca Kristian
Brink Quartet, un grupo de cuyo trabajo y talento quedó sobrada
muestra en la clausura del Festival, donde ofrecieron una sesión
memorable.
Formación clásica donde las haya (saxo, piano, contrabajo
y batería), el grupo Kristian Brink Quartet es un buen ejemplo
de la solvencia del jazz nórdico europeo. Formado en el Royal
College of Music de Estocolmo y triunfador el pasado año
del concurso Young Nordic Jazz, el sonido de Kristian Brink Quartet
camina con pulcritud y sencillez por la senda del más puro
jazz, entreverando la herencia de John Coltrane y Charlie Parker
con ecos de la “rive gauche” parisina y de los clubs
contemporáneos de Estocolmo.
Un concierto el suyo, en suma, que planteó un inteligente
recorrido gradual desde el clasicismo a la modernidad, siempre bajo
la guía del buen gusto y el saber hacer. El futuro de estos
chicos es, sencillamente, espléndido.
Al veterano Archie Shepp le tocó cerrar el Festival, y si
al final no cortó orejas como el más reputado torero
fue sólo porque en las sesiones jazzísticas no se
conceden. Como los suecos que le habían precedido, el músico
afroamericano se presentó acompañado de piano, contrabajo
y batería, en tanto él aportaba su saxo tenor y una
de esas voces inimitables que sólo tienen algunos jazzman
de pura cepa.
A sus setenta años, Archie Shepp sigue encandilando públicos
mediante el despliegue de una potencia nada inferior a la que exhibía
en los comienzos de su carrera, iniciada hace casi medio siglo,
en 1960. Su capacidad para derrochar energía en un escenario
y un insaciable espíritu de investigación le llevaron
pronto a colaborar con los más grandes, entre ellos el propio
John Coltrane, el dios del saxo tenor. De gente como Coltrane se
le pegó a Archie Shepp el gusto por el compromiso y la experimentación,
que en su caso se manifiestan con contundencia avasalladora.
En las letras que canta Shepp la palabra “revolution”
sigue estando presente con tanta fuerza como en los años
de lucha por los derechos civiles de los negros estadounidenses.
Genio y figura.
Desde el punto de vista exclusivamente interpretativo, su grupo
es capaz de mantener durante una sesión entera eso que los
ingenieros de sonido ingleses de los años sesenta llamaban
“una pared de sonido”: un vendaval sónico armonizado
que barre la sala del concierto y clava al espectador en su asiento,
mientras llena su cabeza de música en estado casi sólido.
¡Una experiencia para vivirla y gozarla!
En definitiva, en Getxo, el jazz es sólo jazz. Por eso se
disfruta a tope.
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