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Victimitis y consulfobia, grandes males del nacionalismo español
José María Chacón

Y los dos están mostrándose con toda su crudeza en estos momentos, para vergüenza y escarnio de la, ejem, democracia española.

¿Víctimas? Sólo las que ha causado ETA, según los planes del PSOE y el PP, enemigos encarnizados en España, pero socios indisolubles en tierra de vascos. Para ellos, ha de magnificarse hasta el esperpento la victimización de los enemigos del nacionalismo vasco, y para ello nada mejor que la estupidez pseudo-revolucionaria de los iluminados de ETA. Al mismo tiempo, tanto PSOE como PP son conscientes de que han de ocultar, eficaz y eficientemente, sobre todo a la Europa democrática y a las generaciones venideras, los crímenes cometidos en nombre de la sagrada nación española, una e indivisible, pase lo que pase y caiga quien haya de caer.

Para cualquiera que tenga un mísero ápice de sensibilidad ética, ver a los representantes de las distintas asociaciones de víctimas del terrorismo –ejerciendo de verdaderos mamporreros mediáticos de los grandes partidos españoles en este caso, como en otros anteriores- quejándose con dolorida afectación del hecho, al parecer para ellos insoportable, de que aquellos que han sido asesinados, torturados o apaleados por las fuerzas de represión y control de herejes de la nación española, a lo largo de las últimas décadas, es un espectáculo que horroriza. Víctimas de la violencia política demandando que otras víctimas de la violencia política no sólo no reciban el más mínimo reconocimiento político y social, sino exigiendo a voz en grito que su existencia sea ocultada y negada. Difícilmente puede ser más dolorosa la visión.

¿Por qué se enmierdan de esta manera tan grosera quienes exigen tanto reconocimiento y apoyo para sí mismas? Porque son peones, peones políticos conscientes, en una estrategia que pretende, entre otras cosas, criminalizar hasta su extinción la idea de una nación vasca distinta de la española. Y porque una parte significativa de esa estrategia pasa por ocultar, negar, la existencia de la violencia desatada, durante tanto, tanto tiempo, y de forma tan brutal, por quienes quieren imponer su nación como la única posible: la nación española.

Si tienen éxito con su plan, lo que quedará para los libros de historia será la idea de que la nación vasca nunca fue otra cosa que la ensoñación de una banda de paletos reaccionarios y asesinos, mientras que los pobres españoles no habrían hecho otra cosa que sufrir para conseguir imponer la democracia y el pluralismo. El falseamiento de la historia, otra vez. Una más. Sólo que ahora estamos en condiciones de estropearles la fiesta.

Sólo tenemos que recordar que en este enfrentamiento ha habido dos violencias, no una; que ha habido víctimas y verdugos por ambos bandos, y que todas ellas, todas, no sólo unas, merecen nuestro reconocimiento, nuestro apoyo y nuestro cariño; que los verdugos, todos ellos, los de ETA y los otros, tienen que pedir perdón por sus crímenes, si realmente queremos que algún día acabe la pesadilla. Si el nacionalismo español consigue imponer su mentira histórica nuevamente, puede que acabe la violencia si consiguen aniquilar a ETA, pero no desaparecerá el rencor, que permanecerá latente hasta que encuentre el momento de exigir su resarcimiento. Y todo volverá a repetirse, tarde o temprano.

En cuanto al mal de la consulfobia, el ánimo que impulsa la enfermedad es el mismo que en el caso de la victimitis: ocultar la realidad para imponer su mentira como única verdad. Para el PSOE de Zapatero y el PP de Aznar, la idea de que pueda quedar constatado, de forma fehaciente y democrática, el hecho innegable de que la mayoría de los vascos defienden la existencia de una nación vasca distinta de la española, es insoportable. Si quieren sacar adelante sus objetivos, como nacionalistas españoles que son, no pueden permitir que se demuestre ante el mundo entero que detrás de la aspiración nacional vasca hay todo un pueblo. Lo que necesitan es extender la idea de que la nación vasca es la locura de un pequeño número de dementes como ETA.

Por eso han rechazado de plano cualquier tipo de consulta desde siempre, no sólo ahora. Hace treinta años, o hace veinte, cada vez que desde Euskadi se pedía celebrar una consulta sobre la cuestión nacional, desde el gobierno español de turno se negaba tal posibilidad con los argumentos más peregrinos: que es imposible definir el sujeto político (aunque curiosamente no lo era para celebrar un referéndum sobre la Constitución Española); que en una consulta como esa deberían participar todos los españoles, no sólo los vascos, porque la nación es España; que la celebración de dicha consulta sólo serviría para dividir a los vascos, o para dar alas a los terroristas. Da igual. No lo aceptarán jamás, porque lo suyo es imponer. Y se molestan en dar argumentos, aunque sean estúpidos, por no meternos directamente los tanques: quedaría feo en la Europa democrática a la que quieren pertenecer.

En el presente momento histórico, los argumentos los conocemos también de sobra, porque el cluster mediático de Zapatero nos lleva machacando con ellos muchos meses: Ibarretxe se ha vuelto loco; la consulta divide a los vascos (se conoce que la imposición española no lo hace) o da alas a los terroristas (sí, este ya lo usaban hace veinte años); la mitad de los vascos está en contra de la consulta (aunque por si acaso se toman muchas molestias para impedir que se conozcan las cifras exactas; el último ejemplo, el de Paco Llera, nacionalista de pro).

Por cierto, que el objetivo de Ibarretxe nunca ha sido la dichosa consulta, sino la negociación de un acuerdo que reconozca la existencia de las dos naciones y busque la forma de que convivan armoniosamente dentro del estado español, como se planteó en Loiola con la anuencia de Batasuna. Si la consulta ha llegado a tener alguna presencia en esta historia es porque el PSOE se ha negado a buscar un acuerdo: la apuesta de Zapatero es por la imposición.

Al fin y al cabo, es demasiado evidente que todo el ruido generado por el PSOE alrededor de la consulta responde a dos objetivos concretos, además de la ya citada de esconder la realidad vasca: ocultar su negativa a negociar un acuerdo justo con los vascos, y la criminalización y ridiculización –o sea, la defenestración pública- de quien saben que sería el único candidato capaz de aglutinar con ciertas garantías al electorado abertzale en las próximas elecciones autonómicas vascas: Juan José Ibarretxe. El PSOE aspira a hacerse con la Lehendakaritza como otro paso más en su estrategia para Euskadi (para eso ha ilegalizado a Batasuna, ANV y EHAK, para alejar de las urnas al 30% de los electores abertzales). Y para conseguirlo necesita neutralizar a Ibarretxe a cualquier precio.

Seamos buenos, ayudemos a los partidos españoles a curarse de la victimitis y la consulfobia. Ayudémoslos a quitarse de encima tanta enfermedad y tanta miseria.

 
 
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