Después
de Barajas
Joaquim Pisa
En días como éstos se siente que las
palabras carecen de toda trascendencia, al menos si se las compara
con los hechos. Cuando hay cadáveres humanos de por medio,
las palabras se vuelven vacías y resuenan huecas y gastadas:
condenas, lamentos, alegría, equidistancias... no son más
que fórmulas estereotipadas que con un poco de práctica
podría llegar a declamar cualquier simio no especialmente
evolucionado.
Los hechos, por contra, adquieren en estos casos
una densidad dramática e insoportablemente objetiva, independiente
de la valoración que hagamos de ellos e incluso de las intenciones
de quienes los han provocado: vidas, destrozadas, esperanzas arruinadas,
futuro colocado entre interrogantes... son hechos duros y fríos
que han quedado ahí para siempre.
Decía la madre de Carlos Alonso Palate, el
ecuatoriano cuyo cadáver ha sido el primero en ser extraído
del parking de Barajas, que jamás había oído
hablar de ETA con anterioridad al día del atentado en el
que perdió la vida su hijo. Así es la vida de los
pobres de la Tierra, destinada a recibir todos los golpes incluso
los que no se dirigen directamente contra ellos. Un día caen
de un andamio porque los constructores inmobiliarios demasiado “emprendedores”
piensan que invertir en seguridad es tirar el dinero; otro día
mueren de un bombazo motivado por querellas ajenas en las que ni
soñaron jamás verse envueltos. Pero las bofetadas
siempre caen en las mismas mejillas.
La paz vuelve a estar un poco más lejos.
Es un hecho objetivo. Pero llegará algún día.
No lo van a impedir quienes, se llamen ETA o se llamen PP, creen
que la política es un simple sucedáneo del degüello
físico del adversario y un entretenimiento para pusilánimes.
Tampoco los errores de un Gobierno español demasiado confiado
en su buena suerte y tan encantado de haberse conocido a sí
mismo como el actual. Ni el oportunismo marrullero de ciertos políticos
vascos que esperan pescar en el río revuelto por unos y otros
sin tener que mojarse ellos ni el fondillo de los pantalones. Pues
bien, a pesar de todos éstos, y de los que, aún peor,
callan, se encogen de hombros y siguen autistas ante su tiempo y
sus responsabilidades –ciudadanos que han dimitido de serlo-,
la paz llegará un día porque no puede ser de otra
manera; de Atapuerca a hoy la Historia –con mayúscula-
va hacia delante de modo inexorable, por más que la historia
–en minúscula- pegue saltos atrás, describa
bucles o parezca haberse quedado detenida.
La única opción racional ahora es
lamentar el atentado –son sólo palabras ante los hechos,
ya lo sé, pero también un desahogo-, dejar pasar un
tiempo prudencial y seguir intentando luego la negociación,
porque jamás se acabará con ETA exclusivamente por
la vía policial y judicial. Ni desde luego ETA podrá
doblegar al Estado –obvio-, y menos aún al conjunto
de la ciudadanía que no cree en el salvajismo carnicero como
método para resolver los problemas de convivencia.
Desde la experiencia histórica se puede asegurar
que cualquier otra opción distinta a la negociación
sólo servirá para prolongar indefinidamente el dolor
y el sufrimiento y no resolver el problema; por el contrario, le
dará más cuerda.
El gran sarcasmo de todo esto es que tal como están
las cosas, probablemente será un gobierno del PP el que dentro
de unos años pacte con ETA el fin de la violencia. Imaginen
a Esperanza Aguirre recogiendo el Nobel de la Paz junto al sucesor
de Josu Ternera. Y Zapatero viéndolo en la televisión.
Pero como los españoles, lo sean por vocación
o por “imperativo legal”, padecen de Alzheimer colectivo
desde siempre, todo estará bien.
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