Sobre
el proceso de paz y la democracia en España
José María Chacón
Durante las últimas semanas, puede palparse que el denominado
proceso de paz no solo está atascado, sino que parece encaminarse
hacia atrás, y casi, casi, cuesta abajo. Los discursos de
guerra de los distintos agentes implicados se empecinan en echar
la culpa al de enfrente en esa deriva y, sobre todo, en embarrar
el campo para hacer imposible una valoración mínimamente
cabal. En medio estamos los que vamos a pagar las consecuencias.
Es obvio que la kale borroka, el robo de armas o los intentos de
condicionar el diálogo de los partidos no ayudan, y en ese
sentido hay que ponerse firme ante el MLNV para que reconduzca esa
situación si realmente quiere un proceso de paz. Pero empeñarse
en volcar toda la responsabilidad de lo que ocurre sobre el MLNV
es falsear la realidad. Zapatero tiene que responder a una pregunta:
el proceso de paz que él ha puesto en marcha, ¿es
un acto de gobierno o un acto de Estado?
Podría parecer que, después de que él mismo
pidiera permiso, y lo obtuviera, del Congreso español, nos
encontraríamos ante la segunda. Pero la actividad de los
jueces, obedientes al dictado de un PP que rechaza el proceso, a
pesar de la existencia de un mandato Parlamentario –demostrando
el respeto que le merece esa institución, cuando el Parlamento
no es un mero altavoz de sus propios postulados-, dejan a las claras
que no es el Estado el que ha dado inicio a un proceso de paz, sino
que es el gobierno inconsciente de un Zapatero torpe el que se ha
metido en un jardín del que no sabe salir.
Que diga el gobierno socialista que no puede hacer nada, apelando
a la división de poderes, para impedir la acción político-judicial
de los jueces del PP, demuestra que ese proceso no es una decisión
de Estado, sino un acto de gobierno. Y esto es una mala noticia.
Si existe un mandato del Congreso al Gobierno para que negocie con
ETA su disolución, de acuerdo a unas condiciones recogidas
en el propio mandato, es obvio que todos los poderes del Estado,
incluido el judicial, están concernidos, y deben hacer viable
dicha negociación y dicha disolución. Sin embargo,
los jueces del PP están desoyendo ese mandato, y el gobierno
socialista, por miedo a la reacción del PP, a la de la opinión
pública, o por su propia debilidad interna, se está
mostrando incapaz de hacer valer el mandato del Congreso.
Pero también es una mala noticia en otro sentido. Debemos
preguntarnos si la guerra política, abierta y con tintes
cada vez más preocupantes, entre el Partido Popular y el
PSOE tiene paralizado al Estado y nos lleva al caos. El PSOE controla
el poder ejecutivo, en virtud de unas elecciones democráticas,
y tiene apoyos suficientes, con sus socios parlamentarios, para
dominar el poder legislativo. Pero es el PP quien domina el poder
judicial, y utiliza ese poder para paralizar el legislativo y para
hacer volar por los aires el ejecutivo. ¿Debemos pensar que
la división de poderes, establecida originalmente en la teoría
democrática para garantizar un reparto del poder del Estado,
se ha convertido en una carga de profundidad que va a hacer inviable
la democracia en España por la guerra abierta entre la derecha
postfranquista y las izquierdas democráticas? ¿Está
previsto en la teoría democrática la utilización
de un poder como el judicial para arrumbar o hacer inviables los
otros dos?
Estas son las consecuencias que nos ha deparado la tan alabada Transición:
los demócratas no se atrevieron a acabar radicalmente con
el sistema fascista, y ahora va a resultar que van a ser los fascistas
los que acaben con la democracia. Una vez más
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