Putas,
pero trabajadoras - Día Internacional de la mujer
Joaquim Pisa
De unos años a esta parte el fenómeno
de la prostitución se ha convertido en excusa para un pseudodebate
cívico-político cargado de trampas, algunas francamente
farisaicas.
Cierto progresismo mojigato suele aducir que la
prostitución es una lacra social –algo hemos avanzado
en eso: antes se consideraba un “problema moral”-, que
hay que combatir a golpe de ley e intervención policial,
sacando de la calle a las pobres mujeres obligadas a prostituirse
y castigando severamente a los hombres que se aprovechan de ellas.
Últimamente se pone mucho el acento en la identificación
y sanción de los clientes, al modo en que no hace tantos
años se perseguía al drogadicto callejero en tanto
el narcotraficante al por mayor campaba tan tranquilo en la vida
económica y social del país (de éste y de cualquier
otro), tal como ocurre con los verdaderos responsables de las mafias
dedicadas a los grandes negocios ilegales o paralegales.
Desde esa óptica pseudoprogresista tampoco
se reconoce a las prostitutas su condición de personas que
venden su fuerza de trabajo como cualquier otra trabajadora, y que
por tanto merecen un trato sociolaboral similar al que sus compañeras
en fábricas y oficinas han ido consiguiendo. La prostituta
es vista simplemente como sujeto de redención, nunca como
persona activa cuya vida laboral debe normalizarse en igualdad de
condiciones y derechos con el resto de los trabajadores sea cual
sea su sexo y actividad.
A nadie se le escapa que el enorme negocio de la
prostitución reside precisamente, como decía antes,
y al igual que en el caso de las drogas, en esa condición
de ilegalidad y clandestinidad en la que debe desarrollarse. La
única forma de acabar con las mafias es precisamente la legalización
de esas actividades y su normalización social en el marco
legislativo laboral y sanitario adecuado; pero naturalmente eso
acabaría con los enormes beneficios que genera la actividad
clandestina, y eso no interesa a los grandes propietarios del negocio
y tampoco a los lobbys que sostienen. En este asunto también
la oferta y la demanda imponen su ley: la del máximo beneficio
posible. Como se ve, una pura lección de “economía
de mercado” aplicada.
En suma, la prostitución no es una cuestión
de “moral pública” sino un problema social y
económico con hondas raíces. Las normativas que se
están aprobando contra ella ya no pretenden erradicarla –algo
que sus autores saben imposible sino se quiere atacar las raíces
del problema-, sino hacerla “invisible”, sacarla de
las calles y de los medios, hurtarla en definitiva al conocimiento
público. Si yo fuera un proxeneta callejero, por ejemplo,
estaría muy enfadado con la Ordenanza de Civismo implantada
en Barcelona, pero si fuera un gran traficante de carne humana estaría
feliz, pues la invisibilidad y el silencio hacen crecer los beneficios
de modo exponencial.
Al parecer pues, la hipocresía burguesa teñida
de progresismo está ganado la batalla. Ya no se pretende
como antaño reprimir el “vicio”, sino hacer desaparecer
su exhibición pública. Lamentablemente, en el trasfondo
de todas las normativas represoras que la mayoría de administraciones
proponen o van elaborando, sigue latiendo más o menos disfrazada
la posición conservadora tradicional sobre el tema.
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